Toda acción comunica
Durante mis clases intento transmitir a los alumnos que cualquier acción desarrollada en el desempeño de su trabajo es una acción de comunicación. Se trabaja representando a nuestra empresa y por lo tanto, deben tener en cuenta lo que está en juego. Si su comportamiento no es el adecuado, tanto a nivel personal como profesional, el daño no solamente les afectará en su “imagen personal y profesional” (motivo que debería ser más que suficiente), sino que también afectará a la empresa que representan. El público con el que hayan interactuado conservará una “mala imagen” de una compañía que permite esa clase de acciones o formas de actuar.
El comportamiento de los empleados en el desarrollo de su trabajo es una herramienta de comunicación corporativa y es labor del departamento o área de comunicación hacer entender ese mensaje como parte de la cultura empresarial.
Pero esto que, a simple vista, parece sencillo de comprender y hasta podríamos decir que se trata de algo de “sentido común”, no es un comportamiento tan frecuente como debiera, ni siquiera en las grandes empresas donde los conceptos corporativos están, supuestamente, más desarrollados.
El pasado fin de semana, he asistido en Córdoba a un evento que se realizaba por primera vez en España. Se trataba de un encuentro entre creativos y empresas especializadas interesadas en escuchar sus propuestas y, tal vez, establecer relaciones profesionales. (Como puede verse no entro en detalles ya que los organizadores del evento no son culpables de lo ocurrido y no sería justo relacionarles).
El evento daba la oportunidad a 20 creativos a tener acceso a esas empresas que, normalmente, son bastante inaccesibles y, por su parte, dichas empresas tenían la oportunidad de escuchar proyectos seleccionados previamente por su calidad, lo que a ellas les ahorra trabajo de filtrado (o sea, dinero). A priori, pues, se trataba de algo de mutuo interés para las partes.
Una de las empresas especializadas es una multinacional norteamericana de la más famosas en el sector. Venía representada por un directivo, que no solamente se levantó en público abandonando la sala donde los creativos exponían sus proyectos, sino que se pasó el resto de la jornada en una terraza cercana tomando el aire y hablando por el móvil a la vista de todo el mundo. No contento con ello, se permitió el lujo de criticar y proponer sugerencias a un evento del que no había asistido más que escasamente a un 15%. Eso sí, hizo turismo acompañado de su mujer e hijos. ¿Le pagaba su empresa dietas por asistir al evento y trabajar?
Bien. Si uno escuchaba a los 20 creativos (que habían pagado una inscripción de 197 euros), que obviamente se dieron perfecta cuenta de la jugada, alguno decía: “Pepe Pérez es un cara dura”, pero lo que más se escuchaba eran cosas como: “Pues menuda empresa; yo tenía una idea distinta de la empresa tal; la empresa tal no valora a lo creativos noveles; va a pagar por uno de sus productos otro pero yo jamás, etc” (Uso eufemismos porque lo que se escuchaba era un tanto malsonante).
Para la multinacional americana, asistir al evento podía representar una acción de comunicación interesante ya que con ello demostraba interés por la juventud y la creatividad y eso puede dar juego, sin embargo entre el público asistente (los creativos) la imagen conseguida es absolutamente la contraria (más el boca oreja que se producirá después en ese sector bastante endogámico).
Esa multinacional, evidentemente, seguirá siendo lider, pero si esto ocurre con una empresa pequeña, independientemente del contexto empresarial del que hablemos ¿Qué podría pasar?
¿Somos conscientes como profesionales que toda acción comunica?








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