La paradoja de la ley y la justicia o los entresijos de los tribunales

Lo sé, nada que ver este breve comentario con los temas habituales de este blog. Pero la verdad es que no he podido evitar escribir este sencillo post aunque sea como inútil forma de desahogarme.

En los últimos tiempos la casa de la familia ha sido allanada por dos pandillas de “delincuentes juveniles”. Hasta aquí nada fuera de lo que puede entenderse como tristemente normal en nuestra sociedad. ¿Se trataba de inmigrantes especializados en robos o profesionales del ramo? No, simplemente jóvenes adolescentes españoles de clase media con pocas cosas productivas a las que dedicar el tiempo.

Los primeros asaltantes, dos mayores de edad y dos menores; y el segundo grupo, cuatro menores de familia acomodada y barrio de clase alta. Estos últimos han sufrido un juicio relámpago y, a pesar de haber usado cizallas para romper cadenas y candados y ser pillados por la Guardia Civil con “las manos en la masa”, se han ido a sus respectivas casas como si nada. Eso sí, supongo que les habrán dicho que esas cosas no se hacen…¡Caca!, que le digo yo a mi peque de dos años… Y un pequeño detalle. Siendo sus padres vecinos ¿sería mucho pedir una disculpa por el extraño sentido de vecindad de sus vástagos? No hombre, no sea que les pida dinero por los daños, total, ha sido una tonteria de nada, cosas de crios.

Pero lo curioso de este desahogo viene del primero de los grupos de “amigos de lo ajeno”. Después de tres aplazamientos del juicio de los menores implicados me he encontrado en la siguiente situación. A pesar de haber sido detenidos en el interior del inmueble familiar portando una bolsa de deportes cargada de “souvenirs” (o sea, de pertenencias de mi familia), el número de testigos aportados ha sido un tanto desigual ¿A qué me refiero? Bien, en mi caso he tenido que aportar amigos de la familia que den fe que la casa está cerrada y no abandonada, también al administrador de la comunidad de propietarios para testificar que asistí a la última junta de propietarios antes del asalto, y, en esta última intentona de celebración de juicio… ahora resulta que debo aportar documentos que certifiquen que soy propietario del inmueble ya que, de lo contario, la denuncia efectuada en su día no tendría valor. Debe ser que ahora me dedico a personarme en juicios por asaltos a domicilios que no me incumben. Pues nada, documentación encontrada y a esperar qué sorpresas me depara el siguiente juicio.

¡Ah! Me olvidaba, la defensa no quiere admitir el peritaje de los daños ocasionados realizado por una empresa especializada, ya que prefiere el realizado por el perito del juzgado. Hasta aquí normal si no fuera porque el citado perito jamás se movió de su despacho ni pisó el inmueble asaltado (o sea, lo que se llama “peritaje de oído”). No hace falta decir que este último alarde de exactitud no da casi ni para pagar a un cerrajero que arregle las cerraduras dañadas. Si es que la vida está muy cara…

Por supuesto en cada uno de estos tres intentos de celebrar un supuesto sencillo juicio hay que añadir los costes de no ir a trabajar no sé cuantas personas, el personal del tribunal, psicólogos para los menores inculpados, etc. Magnífica forma de reducir los costes de la maltratada justicia nacional.

El final de todo esto, siendo la esperanza lo último que se pierde, me temo que será otra severa amonestación del juez a los acusados para que cesen con sus “aficiones” y yo, por mi parte, a gastar los ahorros en arreglar ventanas, puertas y muebles destrozados en la travesura… más costes en abogados, procuradores y demás detalles.

Para los acostumbrados a estas epopeyas (algún abogado imagino desternillado de risa leyendo esto) supongo que mi narración les parecerá ingenua. Lo lamento, pero al ser la primera vez en mi vida que me encuentro ante tanto sinsentido… no puedo evitar estar como mínimo sorprendido.

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