La Justicia Universal naufraga en una corbeta de Navantia

Me viene a la cabeza aquello del Asno de Buridán, el pobre animal que no sabía decidir entre dos montones de heno y acabó muriendo de hambre. En esas estamos; por un lado tenemos un caso de terrorismo de estado con tintes de película de terror, muy propio de estas fechas cercanas al Halloween, donde un periodista desidente de un regimen totalitario muere descuartizado en un consulado de ese país en otra nación. Pensemos un segundo la cantidad de barbaridades que encierra esta frase tan corta. Espeluznante. Por otro, tenemos más de seis mil familias que dependen de un contrato de 2000 millones de euros y cinco años de carga de trabajo con más de siete millones de horas. Se generarían anualmente cerca de 6.000 ocupados directos e indirectos. De ellos, más de 1.100 serían empleados directos, más de 1.800 empleados de la industria auxiliar de Navantia y más de 3.000 empleados indirectos generados por otros suministradores. Eso sin tener en cuenta otros argumentos económicos… en un país tocado por la crisis e intentando levantarse en un marco convulso de incertidumbre, contradicciones y nacionalismos.

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Mientras tanto, y en un lapso misérrimo de tiempo y con poca conciencia de la oportunidad, resucitamos el concepto de Justicia Universal mientras adoptamos una postura de perfil frente a terribles acontecimientos. Pero vamos a ver, nada novedoso, postura de más o menos perfil que hemos estado adoptado frente a la Guerra Civil en Siria durante años con un drama humano desgarrador, con la Guerra del Yemen con decenas de miles de muertos y enfermos, con y con y con y con…

Quizá en unos meses alguien presente una demanda en un juzgado pretendiendo que altas personalidades saudies vengan a declarar sobre acusaciones de crímenes contra la humanidad… o vaya usted a saber. Mientras, este enloquecido proceso sigue su curso (y muchos rezan porque desaparezca de los titulares y deje de colocarles en complejas situaciones ante la opinión pública) nuestra sociedad occidental sigue siendo el Asno de Buridán, que indeciso entre sus valores… los morales y los económicos, muere de inanición.

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Las brújulas han perdido el norte

Hemos perdido el norte. Esa frase hecha me la repetía mucho mi abuelo cuando opinaba de lo que veía y leía sobre la actualidad del momento. Aquel estupendo anciano murió en 1995 con 95 años y una vida apasionante. Y la verdad es que siempre recuerdo sus palabras y más todavía hoy en día porque sinceramente creo que hemos perdido el norte. Pero hemos perdido el norte todos, absolutamente todos. Los políticos que parecen ignorar o despreciar a las hemerotecas y practican como sistema el “Donde dije digo, digo Diego” y, lo peor, es que cuando se lo recriminan, cualquier excusa es buena, lanzan una cortilla de humo sencilla y a otra cosa, mariposa porque no pasa nada. Pero es que también muchos profesionales del periodismo han perdido el norte del respeto por el valor de la verdad usando eso que se llama “libertad de expresión” de la forma más torcitera que se ha visto. Y tampoco pasa nada. Nos preocupan mucho las llamadas noticias falsas o fake news pero, al mismo tiempo, retorcemos la realidad a nuestro interes sin darnos cuenta (o dándonos cuenta perfectamente) que esa falsedad es ya en si misma una fake news. Decimos que respetamos la independencia de los jueces pero estamos constantemente poniendo en tela de juicio lo que hacen o dicen todos ellos en todos los casos que pueden tener un mínimo de repercusión mediática (siempre arrimado el áscua a nuestra sardina por supuesto), decimos amar la democracia y absolutamente todo lo que significa mientras mantenemos parlamentos cerrados por interés partidista, y el que quiera más ejemplos que lea 10 minutos. Pero todos somos muy decentes y honestos menos cuando nos acusamos unos a otros de franquistas, fascistas, rojos o fachas (que ahora está de moda usar esos palabros muy de los años 30 del siglo XX). Constantemente leemos medios de comunicación partidistas que siempre, sople el viento que sople, defienden una corriente de opinión, izquierdas buenas, derechas malas, rojos canallas, azules santos de altar. Y eso no es de ahora, que aquí en esta España nuestra, dividida en mil pequeñas Españas, siempre hemos cojeado del mismo pie. Bien, ahora resulta que leo hoy «la libertad de expresión no lo resiste todo, no lo acoge todo», ahora es necesaria la seguridad en lo que publican los medios de comunicación porque «¿quién paga la mentira? ¿Es de pago la verdad?». ¡Puf!, comenzamos a andar un camino muy peligroso. Además ¿Quién se acaba de caer de un guindo?

La libertad de expresión es una y única, no es interpretable según nos interese. No podemos decir que estas frases: “Dicen que pronto se traspasa la cloaca de Ortega Lara y muchos rumorean que Rubalcaba merece probarla, complejo de zulo mi casa a ver si un día secuestro alguno y le torturo mientras le leo al Argala” o “Para todos aquellos que tienen miedo cuando arrancan su coche, que sepan que cuando revienten sus costillas, brindaremos con champán” son un claro ejemplo de libertad de expresión mientras, al mismo tiempo, se admiten a juicio las blasfemias de Willy Toledo, que no dejando de ser un acto de falta de respeto innecesario hacia personas que creen en cosas distintas, no pienso que en pleno siglo XXI deban estar tipificadas. ¿No existe coherencia al respeto de esa libertad ni tampoco consenso, pero ahora arremetemos contra medios de comunicación por lo que publican o dejan de publicar?

Yo diría que la verdad y la mentira la pagan los mismos que lo han hecho siempre, pero ahora tienen hordas automatizadas que les echan una buena mano para aumentar el ruido. Pero oiga usted, no solamente medios, o algunos medios, sino partidos políticos, países, sindicatos, movimientos ciudadanos y un largo etcétera que a esto se puede jugar fácil y a un coste bastante razonable. Y un periodista debe atenerse a las reglas de su oficio y un medio a las del al suyo. Y si una noticia no es cierta, si no se han verificado las fuentes, si se está manipulando la línea editorial a sabiendas de faltar a la verdad, entonces y que me llamen ingénuo, ni estamos hablando de un periodista, ni de periodismo ni de un medio de comunicación, estamos hablando de manipulación y propaganda como se decía en mis tiempos o de noticias falsas y fake news que se dice ahora y que suena más cool.

Hacedlo, llamadme ingénuo. Hemos perdido el norte y, lo que es mucho peor, hemos perdido la vergüenza.

Érase una vez un país que no sabía tener televisiones públicas

Érase una vez un país de tamaño medio, con una demografía preocupante, envejecida y con una geografía dividida en múltiples territorios llamados “autonomías” donde se hablaban muchas lenguas diferentes. Nunca se ponían de acuerdo en nada más que en una cosa: Todos querían tener un gran invento llamado televisión que les permitía entrar en la mayoría de los hogares de sus ciudadanos y contarles historias para que estuvieran formados, informados y entretenidos…

– ¿Eso no era la Radio?

– También, también, pero con esto había además imágenes, como en el cine.

– ¡Ah, vale, perdone!

– No se preocupe, sigo.

Pero esos inventos eran caros y había que dedicar mucho dinero de las arcas públicas para sostener esas televisiones. El dinero llegaba a través de los impuestos que tenían que pagar esos ciudadanos a los que luego les contaban historias. Pero era importante disponer de ese invento tan práctico. Todos se dieron cuenta que, usado adecuadamente, permitía exponer puntos de vista concretos, los suyos, e influir en las decisiones de aquellos ciudadanos. ¡Qué interesante! Entonces merecia la pena gastar mucho dinero y además colocar a las personas adecuadas en esas televisiones para que se hicieran las cosas correctamente y las historias que se contaban a los ciudadanos estuvieran debidamente planificadas y realizadas. Así intentaríamos que los ciudadanos vieran las cosas como las vemos nosotros; les diríamos lo que es bueno o malo, justo o injusto, quién es bueno o malo, quién es justo o injusto, quién es preso político o exiliado o quién es un demócrata y quién no lo es.

– ¡Oiga, discupe de nuevo! ¿Eso no es propaganda?

– ¡No hombre! ¿Qué dice?, es información veraz e independiente

– Ya, pero, habiendo ya televisiones privadas y nacionales, ¿también autonómicas? Entonces las historias serán diferentes si los que tienen las televisiones no son los mismos.

– Exacto, eso es diversidad de opinión y libertad de prensa y expresión ¿Está usted en contra de eso?

– No, no, ¡Dios me libre!

Pero había un problema, todos los que no tenían esas televisiones, pero querían llegar a tenerlas ganando unas elecciones, criticaban el mal uso que se daba al invento: ¡Mentirosos, manipuladores! gritaban. Si nosotros ganamos eso no volverá jamas a ocurrir, contaremos siempre la verdad. Incluso a veces lograban su objetivo, ganaban elecciones y conseguían controlar esas televisiones. ¡Qué buena oportunidad para hacer las cosas diferentes! No, diferentes tenían que ser las historias que se contaban, tenían que ser nuestras historias y no las de los anteriores. Así que, ¡manos a la obra! echemos a las personas que contaban historias y traigamos a otras que cuenten bien las nuestras. ¿Y el dinero para hacerlo? No hay problema, sigue siendo el mismo de antes, siguen pagando los ciudadanos de antes, incluso muchos de ellos lo hacen felices porque las historias que ahora escuchan les gustan más que las anteriores. Total, ¿Qué son 942,7 millones de euros aportados mediante las subvenciones públicas de los distintos gobiernos autonómicos en un año?

– ¡Eh!, perdone otra vez.

– ¿Sí…?

– Se olvida usted de la televisión de todos.

– ¡Mil perdones! Eso son otros 343 millones de euros de nada más.

– ¡Gracias!

– Nada, a mandar.

Y así llevamos con este cuento de nunca acabar décadas, con publicidad en las cadenas públicas, sin ella en la nacional pero todos compitiendo en audiencias con las televisiones comerciales.

– ¿Pero oiga? Si una tele es pública y no tiene publicidad ¿Por qué es esclava del share? ¿No debería tener objetivos distintos a los comerciales?

– Buena pregunta, sí señor, tendrá que hacérsela a los que nos cuentan ahora las historias.

Las historias, ¡ay, las historias! eso es siempre lo más importante. ¡Y colorín colorado, esta vergüenza no se ha terminado!

La Santa Compaña y la leyenda de Avalón

Entre los huesos de santo y los buñuelos que ya tenemos al caer, estamos en vísperas del Día de Todos los Santos. Una buena fecha para reflexionar sobre toda la convulsión que llevamos vivida en este país nuestro sumido en un intento de revolución, ¿revolución?. Bueno, en este siglo XXI de lo políticamente correcto, lo superficial y lo descafeinado, invadido de perfiles falsos en redes sociales, argumentos vacíos, fake news y medios de comunicación nacionales e internacionales que publican lo primero que pueda generar visitas sin dedicarse a eso tan tradicional del oficio que era “verificar las fuentes”. En fin, una manipulación orquestada, una revolución de abogados y consultores que han asesorado el decir sin decir, el afirmar desafirmando y el “pasa tú que a mi me da la risa” no sea que acabemos empapelados y un compañero de celda pida el traslado porque no aguanta nuestra “matraca”. Y en eso hemos terminado, en la cobardía de la risa de una Santa Compaña fantasmal que, en la víspera de los muertos, se pasea por Europa alardeando de la vergüenza ajena que nos hace pasar a todos, de su enajenación y del páramo de ilusiones rotas que deja atrás en una Cataluña desmontada y dividida ideológicamente y plagada de los más aberrantes odios absurdos.

Pero también en las estrategias de comunicación, y de esto ha habido mucho, pero mucho, en todo este proceso, quedan sembradas leyendas de Avalón, aquella isla onírica donde descansa el Rey Arturo. Esa utópica república no realizada y que, por tanto, ya es propiedad del imaginario colectivo que así lo desea y que volverá a tomar forma. Nuestro problema de fondo no ha desaparecido. Ha sido tratado de astracanada sin respeto alguno por parte de aquellos que lo han usado en su propio beneficio y ha sido disimulado por unas próximas elecciones que, si bien nos devuelven a una legalidad indispensable, no solucionan la raíz del problema. Como decía Gustavo Adolfo Becquer, autor que también es lectura muy de estos días, “Volverán las oscuras golondrinas”.

¡Cuídate de los idus de marzo! … y de los idos de julio

“¡Cuídate de los idus de marzo!”, le decía una vidente a Julio César en el drama de William Shakespeare. Y en este mes de julio (mes que debe su nombre al antes citado Julio César) hemos sido testigos de otro drama protagonizado por un debate sobre la forma del imperativo del verbo “ir”, idos. Sí, ese que todo “quisqui”, o “quisque” (que proviene del latín, ¡venga! un día es un día, y de significado “Cada uno”, “Cada cual”) dice de forma errónea… “iros”.  Bueno, me he quedado a gusto con este inicio pedante.

El drama se plasma en un agrio debate entre los defensores de la pureza de la lengua que recriminan a la Real Academia de la Lengua Española que no cumple su obligación de proteger el castellano, y los que dicen que si la mayoría de los hablantes usan “iros” en vez de “idos” (o “ios”), lo lógico es aceptar la evolución de la lengua aunque se trate de un uso erróneo de la misma. El que quiera documentarse sobre el debate, ahí tiene Google y hay material para entretenerse un buen rato.

La verdad es que si la protección de la lengua la hubiéramos llevado al extremo desde hace milenios, en España. o mejor dicho, en Hispania, seguiríamos hablando latín. No olvidemos que nuestro castellano es la derivación vulgarizada por el pueblo llano de aquella lengua (dejando a un lado otras influencias posteriores gracias a una invasión por aquí y otra por allá). Por lo tanto, si aceptamos que las lenguas son seres vivos que se adaptan a los cambios sociales y culturales con el paso del tiempo, debemos aceptar que nuestro castellano no es el mismo de hace un siglo y no será el mismo tampoco dentro de cien años.

De momento la RAE lo que dice es que lo correcto sigue siéndolo y lo equivocado, mal está. Solamente se acepta un uso sin que aún nadie haya dicho que sea correcto (corríjanme si estoy mal informado). Pero hombre, dirían los puristas, si permitimos abrir puertas a la aceptación del uso de este nuevo imperativo se contagiará a todos los demás y estaremos, por analogía, deteriorando la lengua. Cierto es, pero el debate esta en el término “deteriorar”. Si admitimos este cambio ¿Será una evolución o una degradación?

Aunque la realidad es que la mayoría otorga más peso al uso de la lengua que la minoría. Me llama la atención del uso maniqueo del término “coloquial” enfrentado a “culto”.

¿Es entonces la lengua patrimonio de lo culto o es conducida a través del tiempo por lo coloquial?

De la información periodística al pseudo comisariado político 2.0

Monos aulladoresQue cada cual es libre de expresarse de la manera que quiera no hay la menor duda; aunque siempre me gustaría leer esas opiniones desde la coherencia, el respeto y, ante todo, el sentido común. Por desgracia en este país nuestro esos tres conceptos no abundan tanto como sería de desear… aunque tampoco podemos decir que sea algo que nos haya caracterizado historicamente y menos aún cuando hablamos de periodismo, información, opinión y política. Lo nuestro ha sido siempre más lo tendencioso y hasta sectario llegando al límite del insulto a la inteligencia.

¿Y a este hombre que le ha pasado? No escribe en el blog hace meses y ahora se decuelga con este párrafo lapidario en vez de hablar de comunicación corporativa o de social media y esas cosas… Ante la primera afirmación debo culpar a mi pequeñajo de tres años que demuestra ser un devorador de tiempo y ante eso no hay más que decir. Lo segundo merece que siga escribiendo y me explique más en profundidad.

El periodismo es un trabajo y los medios de comunicación, empresas; por lo que un periodista lo que quiere es trabajar y llevar comida a su mesa y un medio de comunicación dar beneficio y subsistir. Estas obviedades son de todos conocidas pero la larga crisis ha agudizado, a mi entender, los principales defectos de ambos. La sequía financiera, el desierto publicitario, el descenso crónico de lectores y el vía crucis del negocio gracias a la complicada adaptación a las tecnologías de la información, configuran un paisaje digno del infierno de Dante. Lo saben bien miles de periodistas que, por desgracia, han engrosado las cifras del desempleo y la larga lista ya de cabeceras que se han extingido empobreciendo el panorama informativo. Internet, Google, los medios sociales o la desintermediación de la información no vienen sino a aumentar el desconcierto generalizado en el sector. Sin olvidar una supuesta credibilidad que más de uno pone en duda con un buen baúl de argumentos dadas las circunstancias.

Ya estamos acostumbrados a que los unos y los otros se muestren como brazos mediáticos de las ideologías ¿He dicho ideologías? Quería decir partidos políticos, perdón. Hemos pasado muchos años leyendo noticias en periódicos u oyendo emisoras de radio con versiones tan opuestas que daba la impresión de que, o bien alguno no se había informado, o bien ambos simplemente se limitaban a dar la “versión oficial” del bando de turno. ¿Qué decir de las tertulias radiofónicas o televisivas? En función del medio que hubiera tras el programa veíamos pasear glorias de la profesión periodística vomitando opiniones dignas de llevar colgado el carnet del partido de turno o mordido entre los dientes. Que digo yo, que para eso que inviten a políticos directamente y acabamos antes…

Pero oiga, oiga, ¿Está usted insinuando que un periodista no puede opinar y manifestar su opinión en apoyo o crítica a una determinada acción política? Nada más lejos de mi deseo que sea esa la impresión que tenga el lector. Pero como todo en la vida, la coherencia, el respeto y, ante todo, el sentido común, deben imperar, y cuando lo que se oye es ya un ejercicio oratorio retorcido y digno más de un funambulista dialéctico que de un profesional pues… ¿cómo decirlo? “Algo está podrido en el estado de Dinamarca”, que decían en Hamlet. Al menos en mi pueblo, la opinión no es nunca un argumento sólido.

Pero claro, como todo producto tiene su mercado, grande o de nicho, pero mercado al fin y al cabo. Los periódicos desaparecen y se crean medios online que son más baratos y más sociales y donde, para poder vender a nuestro nicho de clientes, pues nos dedicamos a repartir leña sistemáticamente a un partido o a otro, con más argumentos, con menos o si es necesario, rizando el rizo, sin tener ninguno. Bueno sí, siempre está el elemental de la línea editorial: “Está claro que no me gusta tu cara y como a mi lector tampoco, pues leñazo que te crió “.

Si a esto le añadimos que el espíritu crítico del ciudadano medio, seamos realistas, es más bien escaso (esto lo explotan algunas cadenas de televisión con fruición alimentando audiencias con todo tipo de carnaza y pasándose la legislación vigente por el share) pues tenemos la cena servida. Aunque a veces, y siento ser grosero, me parezca la cena de los idiotas.

Y claro, llegamos a eso de las redes sociales y el Twitter que para tanto sirve y en el que se puede leer de todo. Una buena forma de crear una legión de fieles seguidores que reirán las gracias convenientemente a unos y a otros, que trolearan a los “contrarios” con ocurrencias de mejor o peor gusto y dejarán el timeline lleno de auténtico spam que no tiene más valor que el de defender un supuesto espíritu libre que dice hablar lo que otros callan, maquillando de intelectualidad los comentarios, de solidaridad, de igualdad o del motivo que toque o esté de moda en ese momento. Eso sí, demagogia que no falte que sin sal la comida no sabe a nada.

Y digo yo, en esta España del siglo XXI, donde tenemos tanta historia de la que aprender, ¿Es imposible que un periodista tenga una ideología política  y al mismo tiempo que sea capaz de separarla de la información? De verdad que cuando leo Twitter muchas veces veo más comisarios políticos de épocas pretéritas que verdaderos profesionales de la información.

El falso caballero andante y su amenazadora cohorte de followers

Las redes sociales tienen un particular efecto que, aunque siempre ha existido, tienen la particularidad de acrecentar; es el aumento desproporcionado del “ego”. Eso que antes se decía: “Se le ha subido la fama a la cabeza” o también podemos definirlo con aquella frase tan usada en épocas pretéritas: “Usted no sabe con quién está hablando”.

Cuando una persona adquiere cierta relevancia en este mundo efímero de los medios sociales y su cohorte de followers crece en Twitter o sus fans, likes y demás variedades del “egoaumenter”, eso le afecta en función de cómo sea su caracter. En ciertas ocasiones ese poder adquirido gracias al efecto de sus comentarios que, fielmente, transmite su comunidad, se convierte en una especie de droga, una necesidad caballero andante en redes socialesde búsqueda de la notoriedad que alimente al monstruo; es entonces cuando esa persona comienza su transformación.

Se producen distintas mutaciones. La primera es la menos importante aunque siempre delatora. Esa persona que parecía maja y simpática, siempre accesible y que solía, además, pedirte favores, se convierte en inalcanzable e incluso, en ocasiones, te mira por encima del hombro con condescendencia (normal, se ha convertido en un auténtico “influencer” y tú perteneces a la casta de los meros mortales).

El siguiente paso es algo más grave. Esa persona comienza a olvidar de qué se trata este mundo social (que solía defender) y se dedica a ejercer el poder de forma indiscriminada. O sea, olvida aquellas palabras tan importantes: “Un gran poder implica una gran responsabilidad”. Es en estos momentos cuando se convierte en el “Terror de los community managers” y se dedica, por ejemplo, a censurar cualquier error de empresas de todo tipo (eso sí, que tengan presencia en redes sociales para que puedan contestarle y, con ello, aumentar su ego). Esto puede hacerlo de forma más o menos elegante. Apoyándose en una razón, sea esta más o menos importante para montar un show 2.0 o, como ya he visto en varias ocasiones, amenazando claramente a la empresa en cuestión con la que le puede caer reputacionalmente si su cohorte de followers se ponen a retuitear como auténticos sectarios cuando él dé la señal…

Y, finalmente, el tercer paso se produce cuando esa persona, como Don Quijote afectado por la lecturas de libros de caballerías, verdaderamente se cree que ese poder mediático adquirido lo debe dedicar a hacer el bien, a “desfacer entuertos”, y se dedica sistemáticamente a buscar causas de todo tipo y arremeter contra todo lo que considera oportuno, lo sea verdaderamente o no. Una verdadera versión moderna y un tanto retorcida de un caballero andante, y es que él cree realmente que está haciendo un bien, cuando la realidad es que va buscando las cosquillas allá donde puede y lo que sucede, en el fondo, es que se encuentra en una búsqueda permanente para que le recuerden que es alguien “importante y poderoso”. Sí, vale, he sido amable, también se puede decir que se ha convertido en un perfecto imbécil.

Recuerdo gente perder los nervios cuando Klout cambiaba su algoritmo y le bajaba el indicador, cuando no se encontraba entre los elegidos para estar en un ranking que ha inventado vaya usted a saber quién o, también, en aquellas ocasiones que desaparecían seguidores en Twitter y este tipo de gente se volvía loco tuiteando una y otra vez reclamando su secta perdida. Sinceramente creo que perdemos el norte con estos asuntos, les otorgamos una importancia irreal. Lo importante ha sido y será siempre lo mismo. Cuando Twitter desaparezca (si es que ocurre) algunos seguirán con sus vidas y otros, melancólicos, se refugiarán en su viejo blog, buscarán desesperadamente su ego en una nueva red social, o simplemente, serán pasto de ansiolíticos mientras lamentan esa “marca personal” malentendida que han perdido.

¿Dónde está el límite entre periodismo y espectáculo?

periodismoRecuerdo aquellos días en la facultad de Ciencias de la información (hace ya más años de los que me gustaría) donde nos enseñaban grandes máximas de lo que tenía que ser, supuestamente, el trabajo en el periodismo. Frases que a través del tiempo son familiares incluso a la gente ajena a la profesión: “Verificación de las fuentes, derecho de réplica antes de la publicación de una noticia, evitar la opinión en la información y, mucho menos, la manipulación intencionada para buscar efectos tendenciosos”. Seguro que algún compañero de la profesión está desternillándose de risa en estos momentos al leer esas viejas doctrinas y la gran diferencia que existe con la realidad que nos rodea.

Éramos jóvenes y salimos de la universidad con la inocencia de la juventud y la vocación. En mi caso la realidad me golpeó en las narices ya en mi primer periodo de prácticas en una conocida cadena radiofónica cuando el jefe de informativos me dice: “Así se tire el obispo de la ciudad del campanario de la catedral, aquí no es noticia”. Fue un estreno interesante que me hizo aterrizar en la realidad de los intereses, las líneas editoriales y demás detalles que se pasaron por alto durante cinco años de formación universitaria. Con el tiempo he vivido otras anécdotas como, por ejemplo, acallar un escándalo contra una gran empresa a cambio del aumento de su cuenta de inversión publicitaria en el medio de comunicación. En fin, si los periodistas juntaran anécdotas de este tipo lograríamos batir el record Guiness al libro con más páginas de la historia. ¿Todavía hay alguien que se sorprenda de estas cosas? Pues sí, es sorprendente la cantidad de personas que creen a pie juntillas todo lo que leen, ven u oyen en los medios.

Hoy en día, salvando escasas excepciones, que a mi entender son islas donde se refugia el periodismo en estado puro, proliferan los periodistas mediáticos que aprovechan la credulidad de la gente para lanzar mensajes de muy dudosa veracidad, obvia carga de interés personales o empresariales y nulo trabajo de documentación. Eso sí, amparados en una expresión que mola mucho “Periodismo de investigación”. Lamentablemente son programas que, en televisión por ejemplo, ni siquiera dependen del área de informativos, que se crean por productoras ajenas a la cadena y que basan su supervivencia más en el porcentaje de audiencia obtenido que por la seriedad del trabajo periodístico realizado. Eso sí, ponemos una cara conocida por delante para darle credibilidad y listo, problema resuelto porque el oficio y experiencia del manipulador por un lado, y la credulidad del espectador por el otro, terminan de hacer el pan con dos tortas.

Triste oficio el nuestro al que le han hecho olvidar su razón de ser a cambio de otro tipo de recompensas menos “espirituales” pero si mucho más pecuniarias. Ya lo decía Francisco de Quevedo: “Poderoso caballero es Don Dinero”. Claro, así le fue al pobre hombre por ir diciendo verdades… No estaría mal que se reformara la carrera universitaria de periodismo (por muchos motivos) y que se añadiera una asignatura nueva que podríamos llamar “Gestión e interpretación del periodismo en relación a la conciencia y los principios”.

No hay Dráculas o Frankensteins, es la era de Freddy Krueger

Hace pocas fechas, José Manuel Velasco, presidente de la Asociación de Directivos de Comunicación (DIRCOM), de la que soy miembro a mucha honra, escribió en su blog un interesante artículo: Matemos a Drácula, revivamos a Frankenstein Dejando claro que estoy de acuerdo con el mensaje del artículo, me gustaría llevar en parte la contraria a mi presidente. Lo sé, soy un irreverente y espero que José Manuel no me deje sin cena de navidad de DIRCOM 🙂

Tanto el Conde Drácula como Frankestein son seres tangibles a los que poder enfrentarse cara a cara. A mi me gustaría describir la situación actual a través de otro icono del terror, Freddy Krueger, creación de Wes Craven en la saga de “Pesadilla en Elm Street”. Un ser que causa estragos atacando a sus víctimas mientras duermen, en sus sueños y, por lo tanto, en nuestra parte más subliminal, indefensa e intangible.

¿Por qué digo todo esto? Me temo que este va a ser un largo post… Cuando comentamos que existe una responsabilidad por parte de los profesionales de la comunicación en el distanciamiento entre la realidad y el discurso, me gustaría entrar a matizar que por supuesto, ya que tanto los periodistas y los medios de comunicación en una postura acomodaticia como aquellos que estamos en eso de la comunicación corporativa llevados por nuestros objetivos y, por qué no decirlo, ambos por el conservadurismo de nuestros puestos de trabajo y empresas, hemos dado colchón a una situación que no nacía de nuestras intenciones sino que era parte de un todo que, desde hace años, ha perdido el norte y se ha cerrado en una rueda de paranoia éticamente reprobable.

Y en esta situación no escapamos ninguno, ni siquiera esas audiencias a las que nos remitimos y que, salvo excepciones, consumen información sin una adecuada reflexión. Me estoy poniendo muy teórico. Vamos con un ejemplo: La corrupción y la gestión descabellada del erario público son un hecho incontestable y vergonzoso en nuestro país. Bien, en las últimas elecciones autonómicas en Valencia hubo un partido que propuso en sus listas un buen número de candidatos acusados de corrupción. ¿Qué pasó? ¿Los medios de comunicación de masas hicieron fuerza alguna o se echaron las manos a la cabeza? ¿Un movimiento ciudadano apoyó con decisión la creación de una ley que lo impidiera? ¿Algún partido político llevó a cabo alguna acción contundente o se propuso algún cambio en las leyes al respecto como existen en otros países? ¿Los profesionales de la comunicación de aquellas instituciones tomaron cartas o presentaron, por ejemplo, su dimisión por cuestiones de conciencia?  No, y no solamente eso sino que los propios votantes, ejerciendo su derecho democrático, eligieron esa lista de forma mayoritaria. ¿Cómo es posible que algo así suceda? Y no hemos de centrarnos en este simple ejemplo, podríamos hablar de las cortinas de humo nacionalistas en nuestro país y tantas otras cosas que podemos ver cada día. Sirva para evitar que me acusen de tendencioso este post publicado en este mismo blog: Estamos muchos indignados… ¿Y?

Muchas veces he dicho que la crisis que vivimos además de ser económico-financiera es, sobre todo, una crisis de valores que se ha ido enquistado desde hace décadas llevada de la mano de la manipulación constante por una parte y por la desidia de nosotros mismos, los ciudadanos, que hemos permitido que todo esto fuera creciendo hasta hacerse una bola difícil de tragar, por la otra. Los profesionales de la comunicación, con nuestras luces y sombras, simplemente hemos ayudado (en el eslabón de la cadena que nos corresponde) a tejer esta red onírica en la que estamos todos atrapados y que produce empresas, políticos, instituciones y ciudadanos “adormilados”. Estamos atrapados en el mundo onírico de Freddy Krueger donde él impone sus reglas.

Dice José Manuel en su artículo: “Los comunicadores hemos de mirarnos al espejo, otear dentro del resultado de nuestras creaciones y dirigirnos rectamente, sin atajos, hacia la verdad, los hechos y las palabras que los comunican“. Bien, desde mi punto de vista, defender la transparencia y la credibilidad de las acciones, en nuestro caso de una empresa o institución pública, pasa por creer firmemente en los mensajes que transmitimos. Si eso no es así y sufrimos el latigazo de la conciencia, solamente tenemos dos salidas: Enfrentarnos a lo establecido y defender un modelo distinto y, si eso fracasa, poner nuestra carta de dimisión encima de la mesa de nuestros superiores con todas las consecuencias. Sin embargo, ahora recuerdo un dato interesante que comenté en otro artículo de este blog: Comunicación corporativa y ética En ese texto compartía los datos del “European Communication Monitor 2012” y me centraba en los dilemas éticos de los profesionales de la comunicación. Curiosamente en España el 53,3% de los encuestados no había sufrido ninguno, el 17,2% tan sólo uno y el 29,5% varios. Los mejores resultados de los países analizados. De lo que se deduce que en nuestro gremio los dilemas de conciencia no son muy frecuentes.

El problema es tan poliédrico y casi irreal como el mundo de los sueños (o debería decir pesadillas). Sin embargo sus consecuencias nos golpean a diario ¿Cuál la solución? Evidentemente no el camino que estamos andando y… el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra… Ojalá yo tuviera la solución. Sin duda alguna me quedo con la frase final del artículo que me ha inspirado hoy y que suscribo vehementemente: Porque, como comunicadores, nuestra misión no es acompañar, cual esbirros del poder, a los vampiros sin ánima en un mundo de tinieblas, sino contribuir a que cada persona, institución o empresa refleje en el espejo su auténtico ser.