Pero oiga usted ¿Qué es eso de las fake news?

Caramba, ¡cuánto tiempo sin abrir este blog y escribir!. Desde julio del 2019… Y en tan sólo medio año el mundo ha cambiado tanto… ¿O no? Con esto de las crisis se dice que las personas sacan lo mejor de ellas mismas. Bueno, personalmente creo que las personas siempre actúan en consecuencia. El que tiene buen fondo, es majete y el que no lo es, sencillamente no lo es.

Pero bueno, que, como siempre, me voy del tema. Mucho se habla en estos tiempos revueltos de los bulos, mentiras, noticias falsas o eso más moderno de las fake news, o los hoax que decíamos los ya veteranos en esto de Internet. Nos hacemos de cruces y mucho nos indignamos, indignación que, claro está y como siempre, va por barrios que parece que la mentira ajena es siempre más mentira que la propia… Pero ¿Qué es una fake news? Básicamente es una noticia falsa que se divulga con la intención de que los receptores de la misma crean que es cierta y, de esa manera, generar una determinada corriente de opinión que favorezca al emisor de la falsedad.

Hasta aquí tampoco hay nada nuevo. Esto de intentar hacer pasar una mentira por una verdad es tan viejo como el ser humano. Y si lo llevamos al campo politico o de poder, es tan antiguo como la intención del mandatario de manipular a su pueblo acorde a sus intereses.

Este fenómeno alcanzó una nueva dimensión cuando llegaron los grandes difusores de la información y la generación de la opinión pública desde hace más de dos siglos, los medios de comunicación. El llamado “cuarto poder” que con rigor, independencia y suma profesionalidad, trasladan la verdad a sus audiencias. Aquí, y bromas aparte… nadie se me enfade que no digo nombres ni medios, pero habría muchos que deberían hacerse ver eso de decir que son “periodistas”. Pero bueno, esos medios de comunicación se convierten en grandes empresas con grandes costes operacionales y salariales y la publicidad es su sustento económico. Por lo tanto hay que establecer buenas relaciones con los anunciantes, o sea, las empresas privadas y las instituciones públicas. De la transparencia de la inversión de la publicidad institucional no digo nada que ríos de tinta hay escritos para todos los gustos. El que quiera profundizar en ese espinoso asunto, tiene un océano para navegar. Y con el tiempo, aumenta la competencia, llegan la radio, la televisión y finalmente Internet. El pastel publicitario se reparte y las crisis económicas y las peores, las crisis de modelo de negocio, hacen que la situación financiera de esos medios sea mucho más inestable (incluso crítica). Y esto hace, obviamente, que estas empresas informativas sean más dependientes. Aquí podríamos abrir mil hilos de argumentación porque el tema daría para debates “ad infinitum”. Sigamos adelante.

Y aquí tenemos un dilema. Si una empresa presiona a un medio para que el enfoque de una noticia sea uno concreto (el que favorece a la empresa por ejemplo) y para ello usa la fuerza de su inversión publicitaria en ese medio (tan necesario y más en tiempos escasos) ¿No estaríamos hablando de una mentira, una noticia falsa o una fake news? La proliferación de los llamados acuerdos redaccionales en medios de comunicación bordean constantemente las líneas rojas entre la información y lo que ya no es tan informativo y pasa a ser más, seamos suaves, intencionado.

Y llega Internet, y con ello proliferan nuevos tipos de divulgación de la información y, en relación al periodismo, aparecen los medios de comunicación online (periódicos digitales) y después también el fenómeno de los medios sociales (que vamos a dejar de lado de momento). La llegada de Internet amplia muchísimo la oferta informativa pero no cambia en demasia el comportamiento que antes he descrito. Incluso diría que la competencia, y la complicación de la supervivencia de ciertos modelos de negocio, lo complica todo mucho más. Aquí añadiríamos un nuevo concepto, aquello llamado el marketing de contenidos, el branded content. La idea no era nueva ya que podríamos definirla como la nieta de los publi-reportajes, pero son contenidos de pago supuestamente identificados como tales y, por lo tanto, debidamente marcados para que la audiencia los entienda como tales y no se generen malentendidos. ¿Quiero decir que todos estos contenidos atentan contra la verdad? En absoluto, pero hay infinidad de casos confusos y que juegan a esa confunsión con total intencionalidad. Incluso existen medios de comunicación que no solamente lo permiten sino que juegan a ello abiertamente. ¿Qué conseguimos con esto? Pues, tristemente, un panorama informativo que, paulatinamente y fruto de diversos vaivenes a lo largo del tiempo,  genera un contexto mucho más confuso para determinadas audiencias menos capacitadas para entender este ecosistema.

Pero olvidamos un detalle, la línea editorial. ¡Eh, cuidadito con meterse con la libertad de prensa! ¡Dios me libre de tal pecado! Pero cuando la línea editorial se convierte en la columna vertebral de la información transformándola, sistemáticamente, en opinión (que no es lo mismo) y haciendo que parezca información – detalle muy importante – entonces resulta que un determinado medio de comunicación se convierte en el brazo “escrito, visual o sonoro” de una determinada, vamos a llamarla, “Intencionalidad”. Si volvemos a la inicial definición de la fake news ¿Acaso esto no es ya la generación de una noticia falsa en función de unos deteminados intereses para llegar a una audiencia concreta y generar, o intentarlo al menos, una corriente de opinión? En mi opinión, la presión clásica, pública y privada, a los medios es y ha sido una fuente de fake news desde hace muchas décadas.

Pero he aquí que llegamos a la era de la desintermediación de la información. Ya no tenemos un emisor, público o privado, que, a través de los medios de comunicación, llega a la opinión pública. Aparecen herramientas, blogs y redes sociales, que permiten que los individuos se conviertan en emisores directos de información y permiten que también las propias instituciones, publicas o privadas, se conviertan en emisores directos de información que llegan directamente a la opinión pública sin la participación de ningún actor intermedio. La pérdida progresiva de credibilidad de otras fuentes, incluidos los medios de comunicación, hacen que mucha gente busque la información de otras maneras y que le dé más credibilidad cuando son esas supuestas fuentes individuales y, en teoría, independientes, las que se la ofrecen (más, lógicamente, cuando el emisor es un individuo que cuando es una empresa). Aparecen las curiosas figuras de los gurús, influencers (herederos de los viejos líderes de opinión) o como queramos definirlos, con las nuevas oportunidades de negocio que eso genera, y también aparecen todos las técnicas y tácticas que permiten abonar, cultivar y también falsear todas estas acciones comunicativas. Hablamos de la generación de falsas comunidades, followers, tráfico web, etc. Aquí las empresas tecnológicas, propietarias de las más famosas redes sociales y de jugosos negocios publicitarios basados en datos, sí que podrían desarrollar medidas de control mucho más adecuadas para, intentar impedir o al menos dificultar mucho este tipo de información falsa. Se han tomado medias, cierto es, pero el fenómeno continua por lo que se debe seguir trabajando en esa línea de verificación. Pero este es otro camino más de debate que se nos abre en este recorrido argumental.

¿Entonces los social media son todos malos malísimos? Pues no, ninguna herramienta es mala ni buena, lo malo o bueno es el uso que le damos. Y el problema es que este nuevo contexto múltiple de la información se convierte en un escenario ideal para la difusión de información malintencionada. Evidentemente, esa oportunidad no es desperdiciada ¿Por quién? Pues por todos los que quieren aprovecharse de ello y obtener un rédito económico o de poder, es decir, las instituciones públicas y privadas, incluídos, por supuesto, Gobiernos y partidos políticos y sus maquinarias de propaganda. Y este caos se ha llevado al extremo cuando aparecen las granjas de fake news orientadas a la manipulación industrializada de la opinión pública de una país concreto en una situación concreta. Y, además, aquí entramos en otra caja de Pandora, la protección de los datos personales y su uso por parte de las grandes empresas tecnológicas. La suma de todos estos factores nos lleva al caso de Cambridge Analytica en la elecciones norteamericanas, o, en general, en las diversas elecciones, referendos y debates políticos en el mundo, incluídos los de nuestro propio país, por supuesto. Ojo en este punto, sabemos que hay Gobiernos que financian la generación de información falsa para desestabilizar a otros países y lo vivimos con total naturalidad. Una naturalidad que los Gobiernos viven de forma muy diferente llevando sus conflictos internacionales a la Red de forma diferente a la que hemos vivido en tiempos pretéritos. Pero esto de las guerras cibernéticas se lo dejaremos a los expertos en geopolítica.

Hasta aquí nos damos cuenta que la tela de araña de la información es tremédamente compleja y no tan sencilla como podría parecer. Aunque, la verdad, es todo tremendamente humano, es decir, es una constante lucha por el poder.

Entonces ¿Cuál es el problema que hace que hoy hasta los diputados (nada más analógico que un político hasta que se dieron cuenta verdaderamente de la utilidad de las TIC. Utilidad para ellos… quiero decir) no dejen de mencionar esto de los bulos y las mentiras. Atención, ¿políticos hablando de mentiras? En fin, lo mismo eso de la apocalipsis va a ser cierto…

Superado el shock retomo el asunto. Hablaba del problema este de los bulos y lo preocupados que ahora están todos cuando ya hemos visto que la cosa viene de muy largo. Como decía, el complejo contexto de la información actual deja resquicios que los expertos aprovechan. Y esos expertos asesoran a empresas e instituciones públicas (incluidos los partidos políticos). Y, por lo tanto, las cuentas falsas en redes sociales, las presiones económicas a periodistas o medios, la mezcla tóxica de información y opinión generando noticias falsas disimuladas tras las opiniones de cada cual… hacen que la empanada que se genera sea de bastante consideración. A tal nivel de combate hemos llegado que nos encontramos en un escenario tan polarizado, extremo y encarnizado, que la lucha por la manipulación de la opinión pública ha llegado a un extremo realmente inadmisible. Ya las fakes news no son digitales, ni siquiera escritas a la forma decimonónica, ya las vemos pronunciadas verbalmente de boca de líderes políticos, en los tribunas de los parlamentos, sin pudor alguno, con una absoluto descaro y desprecio por la verdad. Y, lo que es peor aún, como parte de una estrategia de esas que ahora llamamos “transmedia”. Partiendo de la vetusta propaganda evolucionamos y, ciertamente, llegamos a esto que me gustaria llamar, si se me permite la licencia, “maquiavelismo 2.0”.

En resumen, las fake news no son nuevas en absoluto, la intención de manipular a la gente es tan antigua como la civilización humana y, tristemente, ha evolucionado tecnológicamente de la misma manera que todo lo demás. Aquellos que quieren manipular lo han hecho y lo seguiran haciendo (viven de ello). Lo que si me llama la atención y me parece sumamente preocupante, es lo mucho, lo demasiado, que nos estamos acostumbrando los demás a la mentira y como, en muchas ocasiones, nos convertimos en la mejor caja de resonancia de esas acciones, nos convertimos en repetidores de fakes news ayudando a su difusión convirtiéndonos en granjas de acólitos, incluso de sectarios. Vivimos tan rodeados de esa mentira que ya no le estamos dando el castigo que merece, que ha merecido en el pasado y que debe seguir teniendo si queremos convivir en un mundo libre.

Vivimos en la tela de una araña pero no olvidemos nunca que somos las moscas.

La importancia de saber hacer nuestro trabajo

Después de tantos años trabajando en el mundo de la comunicación uno se ha acostumbrado a que divulgar lo que se hace es parte importante de nuestro día a día. Sabemos que nosotros escuchamos a los demás, más que nada porque es parte vital del oficio, sin embargo, cuando nosotros hablamos el resto tiende facilmente a opinar. Y es que de comunicación sabe todo el mundo y es fácil debatir sobre eso de los intangibles. A veces si nos pusieran una cervecita y unas tapas el escenario sería más llevadero. En resumidas cuantas, que ya me estoy yendo por la tangente, es fundamental conocer nuestro trabajo a fondo y echarle pasión para conseguir nuestros objetivos.

Y eso debería ser extrapolable a cualquier otro oficio de este mundo. ¡Cuánto más si el trabajo consiste en dedicarse al servicio público a través de la política! Pero ¿Qué es trabajar de político? Definir a un político es complejo puesto que podemos encontrar múltiples definiciones. Nos dice la Wikipedia: “el ordenamiento jurídico considera a los políticos elegidos o nombrados como representantes del pueblo en el mantenimiento, la gestión y administración de los recursos públicos”. Bueno, nos podría valer. En todo caso un político, que ha alcanzado su puesto a través del voto democrático en unas elecciones en las cuales ha logrado convencer a un electorado, debe después asumir la responsabilidad de su trabajo, la responsabilidad del peso de la confianza que en él se ha depositado a través de esos votos y, por último, desarrollar su labor también con responsabilidad, con sentido común y con aquello que se llama “sentido de estado”. O dicho de otra manera, fijar sus pensamientos y actos en encontrar la mejor forma de ayudar a su país y sus ciudadanos dejando en un segundo término otro tipo de intereses. ¿Qué intereses? Pues hombre, intereses económicos o personales, intereses de partido o, como comúnmente se denomina, dejando en un segundo término el “amor a la poltrona”.

Y es que en nuestra aún joven democracia. ¡Oiga, oiga, que ya llevamos cuarenta años en esto de la democracia! Pues bien poco nos luce presumir tanto de democracia consolidada cuando, si echamos la vista atrás solamente somos capaces de tener gobiernos estables cuando una opción política obtiene mayoría absoluta o, no teniendo esa mayoría, solamente necesita pocos votos que, tradicionalmente se han conseguido gracias al “generoso y desinteresado” apoyo de partidos nacionalistas (vascos y catalanes). Pero ¡Ay! que la crisis (dichosa crisis) pone todo mangas por hombro y comienzan a salir nuevas opciones respondonas, sorpassos y aquello del cómodo bipartidismo desaparece. ¡Horror, las mujeres y los niños primero! Ahora va y resulta que hay que negociar ¿Negociar? Sí, negociar.

Y entoces aparece eso de “quiero ser ministro”, “no es no”, contigo ni agua, que viene la ultraderecha ¡inadmisible! Pero oiga, si ya hay ultraizquierda y nadie dice nada. Bueno, caramba, pero no es lo mismo ¿Ah, no? No hombre. Chascarrillos a un lado, la realidad es que llegados a este punto nuestros respetados politicos comienzan a mostrar carencias en las habilidades (e incluso de la pasión) necesarios para hacer adecuadamente su trabajo. Quizá les estamos pidiendo demasiado…

Y en esas nos encontramos. Nosotros venga a ir a las urnas a meter papeletas y los políticos dale que te pego a traspasar cualquier límite del ridículo y empeñándose en demostrar que su trabajo, su parte del trabajo después de que nosotros hayamos hecho la nuestra, pues que como que no… No hay manera de que nadie se ponga de acuerdo en nada, ni entre los partidos de derechas ni entre los de izquierdas. Pero ¿Y entre derecha e izquierda? Pero menuda bobada que acabo de decir. ¿Ponerse de acuerdo partidos ideologicamente enfrentados en España? Eso solamente lo hacen en países degenerados y poco democráticos como Alemania, donde para lograr sacar su país adelante, la izquierda y la derecha gobiernan juntos y, mire usted, no se desencadena ninguna apocalipsis. Pero claro, en nuestra ultrademocrática España eso causa hasta risa (menuda idiotez acaba de escribir este loco).

Pero lo mejor siempre está por llegar y un día nos amanecemos con nuestro Presidente de Gobierno en funciones diciendo que hay que hacer una reforma constitucional. ¡Por fin, alguien que ve las necesidades de la Nación! No…. espera que te precipitas. Lo que propone es cambiar el artículo 99 de la Carta Magna porque “no funciona”. Es decir, que como nuestros políticos son incapaces de llegar a ponerse de acuerdo ni en el menú de una comida, resulta que la culpa es del artículo 99 que dice, básicamente, que para que sea elegido un Presidente de Gobierno debe haber más votos a favor que en contra en el parlamento (fijese usted que cosa más rara) y eso implica diálogo y acuerdos. ¿Lo siguiente qué será, que para aprobar una ley tampoco sean necesarios más votos a favor que en contra?

En fin, que no nos pase “ná”. Me acuerdo de aquella frase de Cicerón: “Humano es errar, pero sólo los necios perseveran en el error”.

La Justicia Universal naufraga en una corbeta de Navantia

Me viene a la cabeza aquello del Asno de Buridán, el pobre animal que no sabía decidir entre dos montones de heno y acabó muriendo de hambre. En esas estamos; por un lado tenemos un caso de terrorismo de estado con tintes de película de terror, muy propio de estas fechas cercanas al Halloween, donde un periodista desidente de un regimen totalitario muere descuartizado en un consulado de ese país en otra nación. Pensemos un segundo la cantidad de barbaridades que encierra esta frase tan corta. Espeluznante. Por otro, tenemos más de seis mil familias que dependen de un contrato de 2000 millones de euros y cinco años de carga de trabajo con más de siete millones de horas. Se generarían anualmente cerca de 6.000 ocupados directos e indirectos. De ellos, más de 1.100 serían empleados directos, más de 1.800 empleados de la industria auxiliar de Navantia y más de 3.000 empleados indirectos generados por otros suministradores. Eso sin tener en cuenta otros argumentos económicos… en un país tocado por la crisis e intentando levantarse en un marco convulso de incertidumbre, contradicciones y nacionalismos.

Infografía: Arabia Saudí, principal aliado de España en el Golfo Pérsico | Statista Más infografías en Statista

Infografía: El petróleo, el otro gran interés de España en Arabia Saudí | Statista Más infografías en Statista

Mientras tanto, y en un lapso misérrimo de tiempo y con poca conciencia de la oportunidad, resucitamos el concepto de Justicia Universal mientras adoptamos una postura de perfil frente a terribles acontecimientos. Pero vamos a ver, nada novedoso, postura de más o menos perfil que hemos estado adoptado frente a la Guerra Civil en Siria durante años con un drama humano desgarrador, con la Guerra del Yemen con decenas de miles de muertos y enfermos, con y con y con y con…

Quizá en unos meses alguien presente una demanda en un juzgado pretendiendo que altas personalidades saudies vengan a declarar sobre acusaciones de crímenes contra la humanidad… o vaya usted a saber. Mientras, este enloquecido proceso sigue su curso (y muchos rezan porque desaparezca de los titulares y deje de colocarles en complejas situaciones ante la opinión pública) nuestra sociedad occidental sigue siendo el Asno de Buridán, que indeciso entre sus valores… los morales y los económicos, muere de inanición.

Las brújulas han perdido el norte

Hemos perdido el norte. Esa frase hecha me la repetía mucho mi abuelo cuando opinaba de lo que veía y leía sobre la actualidad del momento. Aquel estupendo anciano murió en 1995 con 95 años y una vida apasionante. Y la verdad es que siempre recuerdo sus palabras y más todavía hoy en día porque sinceramente creo que hemos perdido el norte. Pero hemos perdido el norte todos, absolutamente todos. Los políticos que parecen ignorar o despreciar a las hemerotecas y practican como sistema el “Donde dije digo, digo Diego” y, lo peor, es que cuando se lo recriminan, cualquier excusa es buena, lanzan una cortilla de humo sencilla y a otra cosa, mariposa porque no pasa nada. Pero es que también muchos profesionales del periodismo han perdido el norte del respeto por el valor de la verdad usando eso que se llama “libertad de expresión” de la forma más torcitera que se ha visto. Y tampoco pasa nada. Nos preocupan mucho las llamadas noticias falsas o fake news pero, al mismo tiempo, retorcemos la realidad a nuestro interes sin darnos cuenta (o dándonos cuenta perfectamente) que esa falsedad es ya en si misma una fake news. Decimos que respetamos la independencia de los jueces pero estamos constantemente poniendo en tela de juicio lo que hacen o dicen todos ellos en todos los casos que pueden tener un mínimo de repercusión mediática (siempre arrimado el áscua a nuestra sardina por supuesto), decimos amar la democracia y absolutamente todo lo que significa mientras mantenemos parlamentos cerrados por interés partidista, y el que quiera más ejemplos que lea 10 minutos. Pero todos somos muy decentes y honestos menos cuando nos acusamos unos a otros de franquistas, fascistas, rojos o fachas (que ahora está de moda usar esos palabros muy de los años 30 del siglo XX). Constantemente leemos medios de comunicación partidistas que siempre, sople el viento que sople, defienden una corriente de opinión, izquierdas buenas, derechas malas, rojos canallas, azules santos de altar. Y eso no es de ahora, que aquí en esta España nuestra, dividida en mil pequeñas Españas, siempre hemos cojeado del mismo pie. Bien, ahora resulta que leo hoy «la libertad de expresión no lo resiste todo, no lo acoge todo», ahora es necesaria la seguridad en lo que publican los medios de comunicación porque «¿quién paga la mentira? ¿Es de pago la verdad?». ¡Puf!, comenzamos a andar un camino muy peligroso. Además ¿Quién se acaba de caer de un guindo?

La libertad de expresión es una y única, no es interpretable según nos interese. No podemos decir que estas frases: “Dicen que pronto se traspasa la cloaca de Ortega Lara y muchos rumorean que Rubalcaba merece probarla, complejo de zulo mi casa a ver si un día secuestro alguno y le torturo mientras le leo al Argala” o “Para todos aquellos que tienen miedo cuando arrancan su coche, que sepan que cuando revienten sus costillas, brindaremos con champán” son un claro ejemplo de libertad de expresión mientras, al mismo tiempo, se admiten a juicio las blasfemias de Willy Toledo, que no dejando de ser un acto de falta de respeto innecesario hacia personas que creen en cosas distintas, no pienso que en pleno siglo XXI deban estar tipificadas. ¿No existe coherencia al respeto de esa libertad ni tampoco consenso, pero ahora arremetemos contra medios de comunicación por lo que publican o dejan de publicar?

Yo diría que la verdad y la mentira la pagan los mismos que lo han hecho siempre, pero ahora tienen hordas automatizadas que les echan una buena mano para aumentar el ruido. Pero oiga usted, no solamente medios, o algunos medios, sino partidos políticos, países, sindicatos, movimientos ciudadanos y un largo etcétera que a esto se puede jugar fácil y a un coste bastante razonable. Y un periodista debe atenerse a las reglas de su oficio y un medio a las del al suyo. Y si una noticia no es cierta, si no se han verificado las fuentes, si se está manipulando la línea editorial a sabiendas de faltar a la verdad, entonces y que me llamen ingénuo, ni estamos hablando de un periodista, ni de periodismo ni de un medio de comunicación, estamos hablando de manipulación y propaganda como se decía en mis tiempos o de noticias falsas y fake news que se dice ahora y que suena más cool.

Hacedlo, llamadme ingénuo. Hemos perdido el norte y, lo que es mucho peor, hemos perdido la vergüenza.

Érase una vez un país que no sabía tener televisiones públicas

Érase una vez un país de tamaño medio, con una demografía preocupante, envejecida y con una geografía dividida en múltiples territorios llamados “autonomías” donde se hablaban muchas lenguas diferentes. Nunca se ponían de acuerdo en nada más que en una cosa: Todos querían tener un gran invento llamado televisión que les permitía entrar en la mayoría de los hogares de sus ciudadanos y contarles historias para que estuvieran formados, informados y entretenidos…

– ¿Eso no era la Radio?

– También, también, pero con esto había además imágenes, como en el cine.

– ¡Ah, vale, perdone!

– No se preocupe, sigo.

Pero esos inventos eran caros y había que dedicar mucho dinero de las arcas públicas para sostener esas televisiones. El dinero llegaba a través de los impuestos que tenían que pagar esos ciudadanos a los que luego les contaban historias. Pero era importante disponer de ese invento tan práctico. Todos se dieron cuenta que, usado adecuadamente, permitía exponer puntos de vista concretos, los suyos, e influir en las decisiones de aquellos ciudadanos. ¡Qué interesante! Entonces merecia la pena gastar mucho dinero y además colocar a las personas adecuadas en esas televisiones para que se hicieran las cosas correctamente y las historias que se contaban a los ciudadanos estuvieran debidamente planificadas y realizadas. Así intentaríamos que los ciudadanos vieran las cosas como las vemos nosotros; les diríamos lo que es bueno o malo, justo o injusto, quién es bueno o malo, quién es justo o injusto, quién es preso político o exiliado o quién es un demócrata y quién no lo es.

– ¡Oiga, discupe de nuevo! ¿Eso no es propaganda?

– ¡No hombre! ¿Qué dice?, es información veraz e independiente

– Ya, pero, habiendo ya televisiones privadas y nacionales, ¿también autonómicas? Entonces las historias serán diferentes si los que tienen las televisiones no son los mismos.

– Exacto, eso es diversidad de opinión y libertad de prensa y expresión ¿Está usted en contra de eso?

– No, no, ¡Dios me libre!

Pero había un problema, todos los que no tenían esas televisiones, pero querían llegar a tenerlas ganando unas elecciones, criticaban el mal uso que se daba al invento: ¡Mentirosos, manipuladores! gritaban. Si nosotros ganamos eso no volverá jamas a ocurrir, contaremos siempre la verdad. Incluso a veces lograban su objetivo, ganaban elecciones y conseguían controlar esas televisiones. ¡Qué buena oportunidad para hacer las cosas diferentes! No, diferentes tenían que ser las historias que se contaban, tenían que ser nuestras historias y no las de los anteriores. Así que, ¡manos a la obra! echemos a las personas que contaban historias y traigamos a otras que cuenten bien las nuestras. ¿Y el dinero para hacerlo? No hay problema, sigue siendo el mismo de antes, siguen pagando los ciudadanos de antes, incluso muchos de ellos lo hacen felices porque las historias que ahora escuchan les gustan más que las anteriores. Total, ¿Qué son 942,7 millones de euros aportados mediante las subvenciones públicas de los distintos gobiernos autonómicos en un año?

– ¡Eh!, perdone otra vez.

– ¿Sí…?

– Se olvida usted de la televisión de todos.

– ¡Mil perdones! Eso son otros 343 millones de euros de nada más.

– ¡Gracias!

– Nada, a mandar.

Y así llevamos con este cuento de nunca acabar décadas, con publicidad en las cadenas públicas, sin ella en la nacional pero todos compitiendo en audiencias con las televisiones comerciales.

– ¿Pero oiga? Si una tele es pública y no tiene publicidad ¿Por qué es esclava del share? ¿No debería tener objetivos distintos a los comerciales?

– Buena pregunta, sí señor, tendrá que hacérsela a los que nos cuentan ahora las historias.

Las historias, ¡ay, las historias! eso es siempre lo más importante. ¡Y colorín colorado, esta vergüenza no se ha terminado!

La Santa Compaña y la leyenda de Avalón

Entre los huesos de santo y los buñuelos que ya tenemos al caer, estamos en vísperas del Día de Todos los Santos. Una buena fecha para reflexionar sobre toda la convulsión que llevamos vivida en este país nuestro sumido en un intento de revolución, ¿revolución?. Bueno, en este siglo XXI de lo políticamente correcto, lo superficial y lo descafeinado, invadido de perfiles falsos en redes sociales, argumentos vacíos, fake news y medios de comunicación nacionales e internacionales que publican lo primero que pueda generar visitas sin dedicarse a eso tan tradicional del oficio que era “verificar las fuentes”. En fin, una manipulación orquestada, una revolución de abogados y consultores que han asesorado el decir sin decir, el afirmar desafirmando y el “pasa tú que a mi me da la risa” no sea que acabemos empapelados y un compañero de celda pida el traslado porque no aguanta nuestra “matraca”. Y en eso hemos terminado, en la cobardía de la risa de una Santa Compaña fantasmal que, en la víspera de los muertos, se pasea por Europa alardeando de la vergüenza ajena que nos hace pasar a todos, de su enajenación y del páramo de ilusiones rotas que deja atrás en una Cataluña desmontada y dividida ideológicamente y plagada de los más aberrantes odios absurdos.

Pero también en las estrategias de comunicación, y de esto ha habido mucho, pero mucho, en todo este proceso, quedan sembradas leyendas de Avalón, aquella isla onírica donde descansa el Rey Arturo. Esa utópica república no realizada y que, por tanto, ya es propiedad del imaginario colectivo que así lo desea y que volverá a tomar forma. Nuestro problema de fondo no ha desaparecido. Ha sido tratado de astracanada sin respeto alguno por parte de aquellos que lo han usado en su propio beneficio y ha sido disimulado por unas próximas elecciones que, si bien nos devuelven a una legalidad indispensable, no solucionan la raíz del problema. Como decía Gustavo Adolfo Becquer, autor que también es lectura muy de estos días, “Volverán las oscuras golondrinas”.

¡Cuídate de los idus de marzo! … y de los idos de julio

“¡Cuídate de los idus de marzo!”, le decía una vidente a Julio César en el drama de William Shakespeare. Y en este mes de julio (mes que debe su nombre al antes citado Julio César) hemos sido testigos de otro drama protagonizado por un debate sobre la forma del imperativo del verbo “ir”, idos. Sí, ese que todo “quisqui”, o “quisque” (que proviene del latín, ¡venga! un día es un día, y de significado “Cada uno”, “Cada cual”) dice de forma errónea… “iros”.  Bueno, me he quedado a gusto con este inicio pedante.

El drama se plasma en un agrio debate entre los defensores de la pureza de la lengua que recriminan a la Real Academia de la Lengua Española que no cumple su obligación de proteger el castellano, y los que dicen que si la mayoría de los hablantes usan “iros” en vez de “idos” (o “ios”), lo lógico es aceptar la evolución de la lengua aunque se trate de un uso erróneo de la misma. El que quiera documentarse sobre el debate, ahí tiene Google y hay material para entretenerse un buen rato.

La verdad es que si la protección de la lengua la hubiéramos llevado al extremo desde hace milenios, en España. o mejor dicho, en Hispania, seguiríamos hablando latín. No olvidemos que nuestro castellano es la derivación vulgarizada por el pueblo llano de aquella lengua (dejando a un lado otras influencias posteriores gracias a una invasión por aquí y otra por allá). Por lo tanto, si aceptamos que las lenguas son seres vivos que se adaptan a los cambios sociales y culturales con el paso del tiempo, debemos aceptar que nuestro castellano no es el mismo de hace un siglo y no será el mismo tampoco dentro de cien años.

De momento la RAE lo que dice es que lo correcto sigue siéndolo y lo equivocado, mal está. Solamente se acepta un uso sin que aún nadie haya dicho que sea correcto (corríjanme si estoy mal informado). Pero hombre, dirían los puristas, si permitimos abrir puertas a la aceptación del uso de este nuevo imperativo se contagiará a todos los demás y estaremos, por analogía, deteriorando la lengua. Cierto es, pero el debate esta en el término “deteriorar”. Si admitimos este cambio ¿Será una evolución o una degradación?

Aunque la realidad es que la mayoría otorga más peso al uso de la lengua que la minoría. Me llama la atención del uso maniqueo del término “coloquial” enfrentado a “culto”.

¿Es entonces la lengua patrimonio de lo culto o es conducida a través del tiempo por lo coloquial?

De la información periodística al pseudo comisariado político 2.0

Monos aulladoresQue cada cual es libre de expresarse de la manera que quiera no hay la menor duda; aunque siempre me gustaría leer esas opiniones desde la coherencia, el respeto y, ante todo, el sentido común. Por desgracia en este país nuestro esos tres conceptos no abundan tanto como sería de desear… aunque tampoco podemos decir que sea algo que nos haya caracterizado historicamente y menos aún cuando hablamos de periodismo, información, opinión y política. Lo nuestro ha sido siempre más lo tendencioso y hasta sectario llegando al límite del insulto a la inteligencia.

¿Y a este hombre que le ha pasado? No escribe en el blog hace meses y ahora se decuelga con este párrafo lapidario en vez de hablar de comunicación corporativa o de social media y esas cosas… Ante la primera afirmación debo culpar a mi pequeñajo de tres años que demuestra ser un devorador de tiempo y ante eso no hay más que decir. Lo segundo merece que siga escribiendo y me explique más en profundidad.

El periodismo es un trabajo y los medios de comunicación, empresas; por lo que un periodista lo que quiere es trabajar y llevar comida a su mesa y un medio de comunicación dar beneficio y subsistir. Estas obviedades son de todos conocidas pero la larga crisis ha agudizado, a mi entender, los principales defectos de ambos. La sequía financiera, el desierto publicitario, el descenso crónico de lectores y el vía crucis del negocio gracias a la complicada adaptación a las tecnologías de la información, configuran un paisaje digno del infierno de Dante. Lo saben bien miles de periodistas que, por desgracia, han engrosado las cifras del desempleo y la larga lista ya de cabeceras que se han extingido empobreciendo el panorama informativo. Internet, Google, los medios sociales o la desintermediación de la información no vienen sino a aumentar el desconcierto generalizado en el sector. Sin olvidar una supuesta credibilidad que más de uno pone en duda con un buen baúl de argumentos dadas las circunstancias.

Ya estamos acostumbrados a que los unos y los otros se muestren como brazos mediáticos de las ideologías ¿He dicho ideologías? Quería decir partidos políticos, perdón. Hemos pasado muchos años leyendo noticias en periódicos u oyendo emisoras de radio con versiones tan opuestas que daba la impresión de que, o bien alguno no se había informado, o bien ambos simplemente se limitaban a dar la “versión oficial” del bando de turno. ¿Qué decir de las tertulias radiofónicas o televisivas? En función del medio que hubiera tras el programa veíamos pasear glorias de la profesión periodística vomitando opiniones dignas de llevar colgado el carnet del partido de turno o mordido entre los dientes. Que digo yo, que para eso que inviten a políticos directamente y acabamos antes…

Pero oiga, oiga, ¿Está usted insinuando que un periodista no puede opinar y manifestar su opinión en apoyo o crítica a una determinada acción política? Nada más lejos de mi deseo que sea esa la impresión que tenga el lector. Pero como todo en la vida, la coherencia, el respeto y, ante todo, el sentido común, deben imperar, y cuando lo que se oye es ya un ejercicio oratorio retorcido y digno más de un funambulista dialéctico que de un profesional pues… ¿cómo decirlo? “Algo está podrido en el estado de Dinamarca”, que decían en Hamlet. Al menos en mi pueblo, la opinión no es nunca un argumento sólido.

Pero claro, como todo producto tiene su mercado, grande o de nicho, pero mercado al fin y al cabo. Los periódicos desaparecen y se crean medios online que son más baratos y más sociales y donde, para poder vender a nuestro nicho de clientes, pues nos dedicamos a repartir leña sistemáticamente a un partido o a otro, con más argumentos, con menos o si es necesario, rizando el rizo, sin tener ninguno. Bueno sí, siempre está el elemental de la línea editorial: “Está claro que no me gusta tu cara y como a mi lector tampoco, pues leñazo que te crió “.

Si a esto le añadimos que el espíritu crítico del ciudadano medio, seamos realistas, es más bien escaso (esto lo explotan algunas cadenas de televisión con fruición alimentando audiencias con todo tipo de carnaza y pasándose la legislación vigente por el share) pues tenemos la cena servida. Aunque a veces, y siento ser grosero, me parezca la cena de los idiotas.

Y claro, llegamos a eso de las redes sociales y el Twitter que para tanto sirve y en el que se puede leer de todo. Una buena forma de crear una legión de fieles seguidores que reirán las gracias convenientemente a unos y a otros, que trolearan a los “contrarios” con ocurrencias de mejor o peor gusto y dejarán el timeline lleno de auténtico spam que no tiene más valor que el de defender un supuesto espíritu libre que dice hablar lo que otros callan, maquillando de intelectualidad los comentarios, de solidaridad, de igualdad o del motivo que toque o esté de moda en ese momento. Eso sí, demagogia que no falte que sin sal la comida no sabe a nada.

Y digo yo, en esta España del siglo XXI, donde tenemos tanta historia de la que aprender, ¿Es imposible que un periodista tenga una ideología política  y al mismo tiempo que sea capaz de separarla de la información? De verdad que cuando leo Twitter muchas veces veo más comisarios políticos de épocas pretéritas que verdaderos profesionales de la información.

El falso caballero andante y su amenazadora cohorte de followers

Las redes sociales tienen un particular efecto que, aunque siempre ha existido, tienen la particularidad de acrecentar; es el aumento desproporcionado del “ego”. Eso que antes se decía: “Se le ha subido la fama a la cabeza” o también podemos definirlo con aquella frase tan usada en épocas pretéritas: “Usted no sabe con quién está hablando”.

Cuando una persona adquiere cierta relevancia en este mundo efímero de los medios sociales y su cohorte de followers crece en Twitter o sus fans, likes y demás variedades del “egoaumenter”, eso le afecta en función de cómo sea su caracter. En ciertas ocasiones ese poder adquirido gracias al efecto de sus comentarios que, fielmente, transmite su comunidad, se convierte en una especie de droga, una necesidad caballero andante en redes socialesde búsqueda de la notoriedad que alimente al monstruo; es entonces cuando esa persona comienza su transformación.

Se producen distintas mutaciones. La primera es la menos importante aunque siempre delatora. Esa persona que parecía maja y simpática, siempre accesible y que solía, además, pedirte favores, se convierte en inalcanzable e incluso, en ocasiones, te mira por encima del hombro con condescendencia (normal, se ha convertido en un auténtico “influencer” y tú perteneces a la casta de los meros mortales).

El siguiente paso es algo más grave. Esa persona comienza a olvidar de qué se trata este mundo social (que solía defender) y se dedica a ejercer el poder de forma indiscriminada. O sea, olvida aquellas palabras tan importantes: “Un gran poder implica una gran responsabilidad”. Es en estos momentos cuando se convierte en el “Terror de los community managers” y se dedica, por ejemplo, a censurar cualquier error de empresas de todo tipo (eso sí, que tengan presencia en redes sociales para que puedan contestarle y, con ello, aumentar su ego). Esto puede hacerlo de forma más o menos elegante. Apoyándose en una razón, sea esta más o menos importante para montar un show 2.0 o, como ya he visto en varias ocasiones, amenazando claramente a la empresa en cuestión con la que le puede caer reputacionalmente si su cohorte de followers se ponen a retuitear como auténticos sectarios cuando él dé la señal…

Y, finalmente, el tercer paso se produce cuando esa persona, como Don Quijote afectado por la lecturas de libros de caballerías, verdaderamente se cree que ese poder mediático adquirido lo debe dedicar a hacer el bien, a “desfacer entuertos”, y se dedica sistemáticamente a buscar causas de todo tipo y arremeter contra todo lo que considera oportuno, lo sea verdaderamente o no. Una verdadera versión moderna y un tanto retorcida de un caballero andante, y es que él cree realmente que está haciendo un bien, cuando la realidad es que va buscando las cosquillas allá donde puede y lo que sucede, en el fondo, es que se encuentra en una búsqueda permanente para que le recuerden que es alguien “importante y poderoso”. Sí, vale, he sido amable, también se puede decir que se ha convertido en un perfecto imbécil.

Recuerdo gente perder los nervios cuando Klout cambiaba su algoritmo y le bajaba el indicador, cuando no se encontraba entre los elegidos para estar en un ranking que ha inventado vaya usted a saber quién o, también, en aquellas ocasiones que desaparecían seguidores en Twitter y este tipo de gente se volvía loco tuiteando una y otra vez reclamando su secta perdida. Sinceramente creo que perdemos el norte con estos asuntos, les otorgamos una importancia irreal. Lo importante ha sido y será siempre lo mismo. Cuando Twitter desaparezca (si es que ocurre) algunos seguirán con sus vidas y otros, melancólicos, se refugiarán en su viejo blog, buscarán desesperadamente su ego en una nueva red social, o simplemente, serán pasto de ansiolíticos mientras lamentan esa “marca personal” malentendida que han perdido.