De la información periodística al pseudo comisariado político 2.0

Monos aulladoresQue cada cual es libre de expresarse de la manera que quiera no hay la menor duda; aunque siempre me gustaría leer esas opiniones desde la coherencia, el respeto y, ante todo, el sentido común. Por desgracia en este país nuestro esos tres conceptos no abundan tanto como sería de desear… aunque tampoco podemos decir que sea algo que nos haya caracterizado historicamente y menos aún cuando hablamos de periodismo, información, opinión y política. Lo nuestro ha sido siempre más lo tendencioso y hasta sectario llegando al límite del insulto a la inteligencia.

¿Y a este hombre que le ha pasado? No escribe en el blog hace meses y ahora se decuelga con este párrafo lapidario en vez de hablar de comunicación corporativa o de social media y esas cosas… Ante la primera afirmación debo culpar a mi pequeñajo de tres años que demuestra ser un devorador de tiempo y ante eso no hay más que decir. Lo segundo merece que siga escribiendo y me explique más en profundidad.

El periodismo es un trabajo y los medios de comunicación, empresas; por lo que un periodista lo que quiere es trabajar y llevar comida a su mesa y un medio de comunicación dar beneficio y subsistir. Estas obviedades son de todos conocidas pero la larga crisis ha agudizado, a mi entender, los principales defectos de ambos. La sequía financiera, el desierto publicitario, el descenso crónico de lectores y el vía crucis del negocio gracias a la complicada adaptación a las tecnologías de la información, configuran un paisaje digno del infierno de Dante. Lo saben bien miles de periodistas que, por desgracia, han engrosado las cifras del desempleo y la larga lista ya de cabeceras que se han extingido empobreciendo el panorama informativo. Internet, Google, los medios sociales o la desintermediación de la información no vienen sino a aumentar el desconcierto generalizado en el sector. Sin olvidar una supuesta credibilidad que más de uno pone en duda con un buen baúl de argumentos dadas las circunstancias.

Ya estamos acostumbrados a que los unos y los otros se muestren como brazos mediáticos de las ideologías ¿He dicho ideologías? Quería decir partidos políticos, perdón. Hemos pasado muchos años leyendo noticias en periódicos u oyendo emisoras de radio con versiones tan opuestas que daba la impresión de que, o bien alguno no se había informado, o bien ambos simplemente se limitaban a dar la “versión oficial” del bando de turno. ¿Qué decir de las tertulias radiofónicas o televisivas? En función del medio que hubiera tras el programa veíamos pasear glorias de la profesión periodística vomitando opiniones dignas de llevar colgado el carnet del partido de turno o mordido entre los dientes. Que digo yo, que para eso que inviten a políticos directamente y acabamos antes…

Pero oiga, oiga, ¿Está usted insinuando que un periodista no puede opinar y manifestar su opinión en apoyo o crítica a una determinada acción política? Nada más lejos de mi deseo que sea esa la impresión que tenga el lector. Pero como todo en la vida, la coherencia, el respeto y, ante todo, el sentido común, deben imperar, y cuando lo que se oye es ya un ejercicio oratorio retorcido y digno más de un funambulista dialéctico que de un profesional pues… ¿cómo decirlo? “Algo está podrido en el estado de Dinamarca”, que decían en Hamlet. Al menos en mi pueblo, la opinión no es nunca un argumento sólido.

Pero claro, como todo producto tiene su mercado, grande o de nicho, pero mercado al fin y al cabo. Los periódicos desaparecen y se crean medios online que son más baratos y más sociales y donde, para poder vender a nuestro nicho de clientes, pues nos dedicamos a repartir leña sistemáticamente a un partido o a otro, con más argumentos, con menos o si es necesario, rizando el rizo, sin tener ninguno. Bueno sí, siempre está el elemental de la línea editorial: “Está claro que no me gusta tu cara y como a mi lector tampoco, pues leñazo que te crió “.

Si a esto le añadimos que el espíritu crítico del ciudadano medio, seamos realistas, es más bien escaso (esto lo explotan algunas cadenas de televisión con fruición alimentando audiencias con todo tipo de carnaza y pasándose la legislación vigente por el share) pues tenemos la cena servida. Aunque a veces, y siento ser grosero, me parezca la cena de los idiotas.

Y claro, llegamos a eso de las redes sociales y el Twitter que para tanto sirve y en el que se puede leer de todo. Una buena forma de crear una legión de fieles seguidores que reirán las gracias convenientemente a unos y a otros, que trolearan a los “contrarios” con ocurrencias de mejor o peor gusto y dejarán el timeline lleno de auténtico spam que no tiene más valor que el de defender un supuesto espíritu libre que dice hablar lo que otros callan, maquillando de intelectualidad los comentarios, de solidaridad, de igualdad o del motivo que toque o esté de moda en ese momento. Eso sí, demagogia que no falte que sin sal la comida no sabe a nada.

Y digo yo, en esta España del siglo XXI, donde tenemos tanta historia de la que aprender, ¿Es imposible que un periodista tenga una ideología política  y al mismo tiempo que sea capaz de separarla de la información? De verdad que cuando leo Twitter muchas veces veo más comisarios políticos de épocas pretéritas que verdaderos profesionales de la información.

El falso caballero andante y su amenazadora cohorte de followers

Las redes sociales tienen un particular efecto que, aunque siempre ha existido, tienen la particularidad de acrecentar; es el aumento desproporcionado del “ego”. Eso que antes se decía: “Se le ha subido la fama a la cabeza” o también podemos definirlo con aquella frase tan usada en épocas pretéritas: “Usted no sabe con quién está hablando”.

Cuando una persona adquiere cierta relevancia en este mundo efímero de los medios sociales y su cohorte de followers crece en Twitter o sus fans, likes y demás variedades del “egoaumenter”, eso le afecta en función de cómo sea su caracter. En ciertas ocasiones ese poder adquirido gracias al efecto de sus comentarios que, fielmente, transmite su comunidad, se convierte en una especie de droga, una necesidad caballero andante en redes socialesde búsqueda de la notoriedad que alimente al monstruo; es entonces cuando esa persona comienza su transformación.

Se producen distintas mutaciones. La primera es la menos importante aunque siempre delatora. Esa persona que parecía maja y simpática, siempre accesible y que solía, además, pedirte favores, se convierte en inalcanzable e incluso, en ocasiones, te mira por encima del hombro con condescendencia (normal, se ha convertido en un auténtico “influencer” y tú perteneces a la casta de los meros mortales).

El siguiente paso es algo más grave. Esa persona comienza a olvidar de qué se trata este mundo social (que solía defender) y se dedica a ejercer el poder de forma indiscriminada. O sea, olvida aquellas palabras tan importantes: “Un gran poder implica una gran responsabilidad”. Es en estos momentos cuando se convierte en el “Terror de los community managers” y se dedica, por ejemplo, a censurar cualquier error de empresas de todo tipo (eso sí, que tengan presencia en redes sociales para que puedan contestarle y, con ello, aumentar su ego). Esto puede hacerlo de forma más o menos elegante. Apoyándose en una razón, sea esta más o menos importante para montar un show 2.0 o, como ya he visto en varias ocasiones, amenazando claramente a la empresa en cuestión con la que le puede caer reputacionalmente si su cohorte de followers se ponen a retuitear como auténticos sectarios cuando él dé la señal…

Y, finalmente, el tercer paso se produce cuando esa persona, como Don Quijote afectado por la lecturas de libros de caballerías, verdaderamente se cree que ese poder mediático adquirido lo debe dedicar a hacer el bien, a “desfacer entuertos”, y se dedica sistemáticamente a buscar causas de todo tipo y arremeter contra todo lo que considera oportuno, lo sea verdaderamente o no. Una verdadera versión moderna y un tanto retorcida de un caballero andante, y es que él cree realmente que está haciendo un bien, cuando la realidad es que va buscando las cosquillas allá donde puede y lo que sucede, en el fondo, es que se encuentra en una búsqueda permanente para que le recuerden que es alguien “importante y poderoso”. Sí, vale, he sido amable, también se puede decir que se ha convertido en un perfecto imbécil.

Recuerdo gente perder los nervios cuando Klout cambiaba su algoritmo y le bajaba el indicador, cuando no se encontraba entre los elegidos para estar en un ranking que ha inventado vaya usted a saber quién o, también, en aquellas ocasiones que desaparecían seguidores en Twitter y este tipo de gente se volvía loco tuiteando una y otra vez reclamando su secta perdida. Sinceramente creo que perdemos el norte con estos asuntos, les otorgamos una importancia irreal. Lo importante ha sido y será siempre lo mismo. Cuando Twitter desaparezca (si es que ocurre) algunos seguirán con sus vidas y otros, melancólicos, se refugiarán en su viejo blog, buscarán desesperadamente su ego en una nueva red social, o simplemente, serán pasto de ansiolíticos mientras lamentan esa “marca personal” malentendida que han perdido.

¿Dónde está el límite entre periodismo y espectáculo?

periodismoRecuerdo aquellos días en la facultad de Ciencias de la información (hace ya más años de los que me gustaría) donde nos enseñaban grandes máximas de lo que tenía que ser, supuestamente, el trabajo en el periodismo. Frases que a través del tiempo son familiares incluso a la gente ajena a la profesión: “Verificación de las fuentes, derecho de réplica antes de la publicación de una noticia, evitar la opinión en la información y, mucho menos, la manipulación intencionada para buscar efectos tendenciosos”. Seguro que algún compañero de la profesión está desternillándose de risa en estos momentos al leer esas viejas doctrinas y la gran diferencia que existe con la realidad que nos rodea.

Éramos jóvenes y salimos de la universidad con la inocencia de la juventud y la vocación. En mi caso la realidad me golpeó en las narices ya en mi primer periodo de prácticas en una conocida cadena radiofónica cuando el jefe de informativos me dice: “Así se tire el obispo de la ciudad del campanario de la catedral, aquí no es noticia”. Fue un estreno interesante que me hizo aterrizar en la realidad de los intereses, las líneas editoriales y demás detalles que se pasaron por alto durante cinco años de formación universitaria. Con el tiempo he vivido otras anécdotas como, por ejemplo, acallar un escándalo contra una gran empresa a cambio del aumento de su cuenta de inversión publicitaria en el medio de comunicación. En fin, si los periodistas juntaran anécdotas de este tipo lograríamos batir el record Guiness al libro con más páginas de la historia. ¿Todavía hay alguien que se sorprenda de estas cosas? Pues sí, es sorprendente la cantidad de personas que creen a pie juntillas todo lo que leen, ven u oyen en los medios.

Hoy en día, salvando escasas excepciones, que a mi entender son islas donde se refugia el periodismo en estado puro, proliferan los periodistas mediáticos que aprovechan la credulidad de la gente para lanzar mensajes de muy dudosa veracidad, obvia carga de interés personales o empresariales y nulo trabajo de documentación. Eso sí, amparados en una expresión que mola mucho “Periodismo de investigación”. Lamentablemente son programas que, en televisión por ejemplo, ni siquiera dependen del área de informativos, que se crean por productoras ajenas a la cadena y que basan su supervivencia más en el porcentaje de audiencia obtenido que por la seriedad del trabajo periodístico realizado. Eso sí, ponemos una cara conocida por delante para darle credibilidad y listo, problema resuelto porque el oficio y experiencia del manipulador por un lado, y la credulidad del espectador por el otro, terminan de hacer el pan con dos tortas.

Triste oficio el nuestro al que le han hecho olvidar su razón de ser a cambio de otro tipo de recompensas menos “espirituales” pero si mucho más pecuniarias. Ya lo decía Francisco de Quevedo: “Poderoso caballero es Don Dinero”. Claro, así le fue al pobre hombre por ir diciendo verdades… No estaría mal que se reformara la carrera universitaria de periodismo (por muchos motivos) y que se añadiera una asignatura nueva que podríamos llamar “Gestión e interpretación del periodismo en relación a la conciencia y los principios”.

No hay Dráculas o Frankensteins, es la era de Freddy Krueger

Hace pocas fechas, José Manuel Velasco, presidente de la Asociación de Directivos de Comunicación (DIRCOM), de la que soy miembro a mucha honra, escribió en su blog un interesante artículo: Matemos a Drácula, revivamos a Frankenstein Dejando claro que estoy de acuerdo con el mensaje del artículo, me gustaría llevar en parte la contraria a mi presidente. Lo sé, soy un irreverente y espero que José Manuel no me deje sin cena de navidad de DIRCOM 🙂

Tanto el Conde Drácula como Frankestein son seres tangibles a los que poder enfrentarse cara a cara. A mi me gustaría describir la situación actual a través de otro icono del terror, Freddy Krueger, creación de Wes Craven en la saga de “Pesadilla en Elm Street”. Un ser que causa estragos atacando a sus víctimas mientras duermen, en sus sueños y, por lo tanto, en nuestra parte más subliminal, indefensa e intangible.

¿Por qué digo todo esto? Me temo que este va a ser un largo post… Cuando comentamos que existe una responsabilidad por parte de los profesionales de la comunicación en el distanciamiento entre la realidad y el discurso, me gustaría entrar a matizar que por supuesto, ya que tanto los periodistas y los medios de comunicación en una postura acomodaticia como aquellos que estamos en eso de la comunicación corporativa llevados por nuestros objetivos y, por qué no decirlo, ambos por el conservadurismo de nuestros puestos de trabajo y empresas, hemos dado colchón a una situación que no nacía de nuestras intenciones sino que era parte de un todo que, desde hace años, ha perdido el norte y se ha cerrado en una rueda de paranoia éticamente reprobable.

Y en esta situación no escapamos ninguno, ni siquiera esas audiencias a las que nos remitimos y que, salvo excepciones, consumen información sin una adecuada reflexión. Me estoy poniendo muy teórico. Vamos con un ejemplo: La corrupción y la gestión descabellada del erario público son un hecho incontestable y vergonzoso en nuestro país. Bien, en las últimas elecciones autonómicas en Valencia hubo un partido que propuso en sus listas un buen número de candidatos acusados de corrupción. ¿Qué pasó? ¿Los medios de comunicación de masas hicieron fuerza alguna o se echaron las manos a la cabeza? ¿Un movimiento ciudadano apoyó con decisión la creación de una ley que lo impidiera? ¿Algún partido político llevó a cabo alguna acción contundente o se propuso algún cambio en las leyes al respecto como existen en otros países? ¿Los profesionales de la comunicación de aquellas instituciones tomaron cartas o presentaron, por ejemplo, su dimisión por cuestiones de conciencia?  No, y no solamente eso sino que los propios votantes, ejerciendo su derecho democrático, eligieron esa lista de forma mayoritaria. ¿Cómo es posible que algo así suceda? Y no hemos de centrarnos en este simple ejemplo, podríamos hablar de las cortinas de humo nacionalistas en nuestro país y tantas otras cosas que podemos ver cada día. Sirva para evitar que me acusen de tendencioso este post publicado en este mismo blog: Estamos muchos indignados… ¿Y?

Muchas veces he dicho que la crisis que vivimos además de ser económico-financiera es, sobre todo, una crisis de valores que se ha ido enquistado desde hace décadas llevada de la mano de la manipulación constante por una parte y por la desidia de nosotros mismos, los ciudadanos, que hemos permitido que todo esto fuera creciendo hasta hacerse una bola difícil de tragar, por la otra. Los profesionales de la comunicación, con nuestras luces y sombras, simplemente hemos ayudado (en el eslabón de la cadena que nos corresponde) a tejer esta red onírica en la que estamos todos atrapados y que produce empresas, políticos, instituciones y ciudadanos “adormilados”. Estamos atrapados en el mundo onírico de Freddy Krueger donde él impone sus reglas.

Dice José Manuel en su artículo: “Los comunicadores hemos de mirarnos al espejo, otear dentro del resultado de nuestras creaciones y dirigirnos rectamente, sin atajos, hacia la verdad, los hechos y las palabras que los comunican“. Bien, desde mi punto de vista, defender la transparencia y la credibilidad de las acciones, en nuestro caso de una empresa o institución pública, pasa por creer firmemente en los mensajes que transmitimos. Si eso no es así y sufrimos el latigazo de la conciencia, solamente tenemos dos salidas: Enfrentarnos a lo establecido y defender un modelo distinto y, si eso fracasa, poner nuestra carta de dimisión encima de la mesa de nuestros superiores con todas las consecuencias. Sin embargo, ahora recuerdo un dato interesante que comenté en otro artículo de este blog: Comunicación corporativa y ética En ese texto compartía los datos del “European Communication Monitor 2012” y me centraba en los dilemas éticos de los profesionales de la comunicación. Curiosamente en España el 53,3% de los encuestados no había sufrido ninguno, el 17,2% tan sólo uno y el 29,5% varios. Los mejores resultados de los países analizados. De lo que se deduce que en nuestro gremio los dilemas de conciencia no son muy frecuentes.

El problema es tan poliédrico y casi irreal como el mundo de los sueños (o debería decir pesadillas). Sin embargo sus consecuencias nos golpean a diario ¿Cuál la solución? Evidentemente no el camino que estamos andando y… el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra… Ojalá yo tuviera la solución. Sin duda alguna me quedo con la frase final del artículo que me ha inspirado hoy y que suscribo vehementemente: Porque, como comunicadores, nuestra misión no es acompañar, cual esbirros del poder, a los vampiros sin ánima en un mundo de tinieblas, sino contribuir a que cada persona, institución o empresa refleje en el espejo su auténtico ser.

La paradoja de la ley y la justicia o los entresijos de los tribunales

Lo sé, nada que ver este breve comentario con los temas habituales de este blog. Pero la verdad es que no he podido evitar escribir este sencillo post aunque sea como inútil forma de desahogarme.

En los últimos tiempos la casa de la familia ha sido allanada por dos pandillas de “delincuentes juveniles”. Hasta aquí nada fuera de lo que puede entenderse como tristemente normal en nuestra sociedad. ¿Se trataba de inmigrantes especializados en robos o profesionales del ramo? No, simplemente jóvenes adolescentes españoles de clase media con pocas cosas productivas a las que dedicar el tiempo.

Los primeros asaltantes, dos mayores de edad y dos menores; y el segundo grupo, cuatro menores de familia acomodada y barrio de clase alta. Estos últimos han sufrido un juicio relámpago y, a pesar de haber usado cizallas para romper cadenas y candados y ser pillados por la Guardia Civil con “las manos en la masa”, se han ido a sus respectivas casas como si nada. Eso sí, supongo que les habrán dicho que esas cosas no se hacen…¡Caca!, que le digo yo a mi peque de dos años… Y un pequeño detalle. Siendo sus padres vecinos ¿sería mucho pedir una disculpa por el extraño sentido de vecindad de sus vástagos? No hombre, no sea que les pida dinero por los daños, total, ha sido una tonteria de nada, cosas de crios.

Pero lo curioso de este desahogo viene del primero de los grupos de “amigos de lo ajeno”. Después de tres aplazamientos del juicio de los menores implicados me he encontrado en la siguiente situación. A pesar de haber sido detenidos en el interior del inmueble familiar portando una bolsa de deportes cargada de “souvenirs” (o sea, de pertenencias de mi familia), el número de testigos aportados ha sido un tanto desigual ¿A qué me refiero? Bien, en mi caso he tenido que aportar amigos de la familia que den fe que la casa está cerrada y no abandonada, también al administrador de la comunidad de propietarios para testificar que asistí a la última junta de propietarios antes del asalto, y, en esta última intentona de celebración de juicio… ahora resulta que debo aportar documentos que certifiquen que soy propietario del inmueble ya que, de lo contario, la denuncia efectuada en su día no tendría valor. Debe ser que ahora me dedico a personarme en juicios por asaltos a domicilios que no me incumben. Pues nada, documentación encontrada y a esperar qué sorpresas me depara el siguiente juicio.

¡Ah! Me olvidaba, la defensa no quiere admitir el peritaje de los daños ocasionados realizado por una empresa especializada, ya que prefiere el realizado por el perito del juzgado. Hasta aquí normal si no fuera porque el citado perito jamás se movió de su despacho ni pisó el inmueble asaltado (o sea, lo que se llama “peritaje de oído”). No hace falta decir que este último alarde de exactitud no da casi ni para pagar a un cerrajero que arregle las cerraduras dañadas. Si es que la vida está muy cara…

Por supuesto en cada uno de estos tres intentos de celebrar un supuesto sencillo juicio hay que añadir los costes de no ir a trabajar no sé cuantas personas, el personal del tribunal, psicólogos para los menores inculpados, etc. Magnífica forma de reducir los costes de la maltratada justicia nacional.

El final de todo esto, siendo la esperanza lo último que se pierde, me temo que será otra severa amonestación del juez a los acusados para que cesen con sus “aficiones” y yo, por mi parte, a gastar los ahorros en arreglar ventanas, puertas y muebles destrozados en la travesura… más costes en abogados, procuradores y demás detalles.

Para los acostumbrados a estas epopeyas (algún abogado imagino desternillado de risa leyendo esto) supongo que mi narración les parecerá ingenua. Lo lamento, pero al ser la primera vez en mi vida que me encuentro ante tanto sinsentido… no puedo evitar estar como mínimo sorprendido.

La televisión que se consume y los problemas de fondo

Recientemente mi buen y admirado amigo Pablo Herreros, autor del blog “Comunicación se llama el juego“, apoyado en un aplastante sentido común denunciaba la presencia, previo pago, de un invitado a un conocido programa de televisión. Todos a estas alturas conocemos el caso del programa “La Noria”. El que quiera profundizar en este asunto tiene material en Internet de sobra y puede ver la reacción de los anunciantes retirando publicidad del programa, etc.

Dejando claro claro mi absoluto apoyo al enfoque de Pablo (que es un auténtico fenómeno), quisiera profundizar desde otra perspectiva. Todos sabemos que las grandes cadenas privadas de TV son eso, privadas, algunas cotizan en bolsa y todas viven de la inversión publicitaria (que no pasa por sus mejores momentos) buscando atraer a los anunciantes con eso que se llama “tener audiencias”. Todos conocemos qué tipologías de programas consiguen esas audiencias y llenan las parrillas de programación amparados en buenos resultados. Es decir, la gente dedica su tiempo a ver ese tipo de programas con fruición…

Pero ¿Todo vale para obtener esas audiencias que reportan ingresos? Este tema toca fibras mucho más sensibles. ¿Hasta dónde llega eso que se llama “libertad de expresión”? Tomemos por ejemplo el Código de autorregulación sobre contenidos televisivos e infancia que podemos leer en esta página del  Minsiterio de la Presidencia. Podemos leer:

Los principios básicos de este código se fundamentan en la propia Constitución española, en particular en su artículo 39.4 por el que se establece una protección específica para los derechos de la infancia, que se consolida con la ratificación por parte de España, en noviembre de 1990, del Convenio de la Organización de Naciones Unidas de 20 de noviembre de 1989 sobre los derechos del niño.

¿Alguien ha hecho un repaso superficial del tipo de programas y sus contenidos en los horarios correspondientes a horario protegido de 06:00 a 22:00 horas? ¿Realmente estamos cumpliendo con el verdadero sentido del texto o estamos cogiendo con pinzas el tema mirando hacia otra parte?

Bien, podríamos aludir al argumento que la mejor forma de penalizar este tipo de acciones es simplemente no ver los programas que consideremos que pasan de puntillas por estas normas o que, como en el caso que da pie a este artículo en otro contexto, toman decisiones éticamente cuestionables. Si no hay audiencia, no hay ingresos y las cadenas de TV buscarán nuevos productos. Pero la triste realidad es que las personas que conforman dichas audiencias seguimos refrendando este tipo de programas y los amparamos con cifras y datos de éxito. ¿Dónde está pues la solución?¿Cuál es el problema de fondo? … ¿Control unilateral de los padres sobre la TV que consumen sus hijos? ¿Mayor educación en las jóvenes generaciones? Las televisiones tienen un argumento aplastante a su favor hoy en día: Doy a la gente lo que gente quiere ver.

Tampoco olvidemos a los anunciantes. Buscan que su publicidad sea vista por el mayor número posible de potenciales consumidores. ¿A qué precio y hasta qué punto uniendo su imagen de marca con determinados contenidos, enfoques y éticas? En el caso que nos ocupa, el mayor éxito ha consistido en que estos protagonistas del juego televisivo han dado un paso adelante y han retirado su publicidad. Pero no es algo que presenciemos frecuentemente… ¿Si no se hubiera destapado este escándalo los anunciantes hubieran retirado “motu proprio” su publicidad? Los anunciantes se autoregulan en cuanto a los contenidos que utilizan, pero… ¿También en profundidad sobre los medios en los que los insertan?

Hace años fui el director de comunicación corporativa de Gallup en España y publicamos un estudio sobre la credibilidad de los medios de comunicación. Aunque hace ya tres años de este estudio no creo que los datos hayan cambiado demasiado:


Aún hoy en día la televisión es uno de los medios con mayor credibilidad. Eso debería ser una carga de responsabilidad para los que ejercen el poder de creación de contenidos. Cosas como verificación de fuentes, enfoques informativos contrastados y no tendenciosos o especulativos con el objetivo de polemizar, vender supuestos actos de periodismo de investigación y generar audiencias, deberían ser un norte fijo que no tendría que perderse. ¿Es eso lo que presenciamos en muchos de los productos de masas que se consumen a diario por esas audiencias que generan los ingresos a los medios de comunicación?

No todo vale o no debería ser así, pero esta, podemos decir “crisis de valores”, no solamente afecta a aquel que produce un determinado contenido, sino a todos los demás que empujan esa rueda y hacen funcionar el sistema, los anunciantes refrendándolo y nosotros, los espectadores que cómodamente sentados en el sofá, creamos la audiencia que alimenta el ciclo.

Y termino con un ejercicio de demagogia, lo confieso. ¿Cuál ha sido historicamente el espectáculo más seguido por las masas? Quizá si se pudiera retrasmitir en directo un ajusticiamiento público desde la Plaza Mayor de Madrid como en la época de la Inquisición se batieran records absolutos de audiencia y los ingresos publicitarios del programa fueran espectaculares.

Mirando hacia atrás con cariño y con ilusión al futuro

En la carrera de todo profesional llegan momentos de cambios, y eso es lo que súbitamente me ha ocurrido a mi. Pero antes de comenzar un nuevo proyecto quiero reflexionar también sobre todo lo que dejo atrás.

En 2003, Miguel Errasti, Presidente de la Asociación Nacional de Empresas de Internet (ANEI), depositó su confianza en mí como Director de Comunicación de aquella joven patronal del sector Internet. Han pasado ocho años y ANEI ha crecido hasta superar las 5oo empresas asociadas y convertirse en un referente del sector involucrada en todos los movimientos que agitan la Red en estos tiempos. Un modelo de trabajo dedicado, con transparencia y entrega a proyectos de un indudable valor añadido. Han sido innumerables noches sin dormir, alegrias y tristezas que ahora tengo que recordar y agradecer a todos los compañeros de la asociación, compañeros que no puedo definir solamente así ya que han sobrepasado ese círculo y son realmente mis amigos. De ANEI me llevo mucho, pero sobre todo el ejemplo de Miguel Errasti sobre cómo debe ser un liderazgo moderno, abierto y participativo, lejano a miopías egoistas y siempre atento a las necesidades de su entorno. Pero estoy alegre porque aunque no siga trabajando en ANEI me voy con muchos más amigos que cuando entré.

En 2007 comencé a tener responsabilidades ejecutivas en la escuela de negocios donde había estudiado, la EEN, Escuela Europea de Negocios, hasta llegar al cargo que debo abandonar esta semana, Responsable de Relaciones Institucionales, días después de celebrar el 25 aniversario de la institución. Han pasado muchas cosas pero hoy en día, con ocho sedes docentes en España y amplia presencia en Latinoamérica, me marcho viendo a mi escuela posiblemente en el mejor momento de su historia y en plena estrategia de expansión. Y ese crecimiento ha sido liderado por el Director General para España de la EEN, Antonio Alonso, que también me ha dado mucho más que su confianza, me ha enseñado a no desfallecer ante los problemas y a ser fiel a una idea hasta el final. Y no puedo tampoco dejar de nombrar al Director de Desarrollo de Negocio, Juan José Marcos, que me ha enseñado hasta donde el amor por lo que se hace conlleva una entrega absoluta. También de mi escuela me llevo amistad y cariño.

Y llega el momento de mirar hacia delante con ilusión, a un proyecto ambicioso y de un gran nivel en una inmensa empresa presente en 83 países del mundo. A partir de ahora me haré cargo de la dirección de comunicación de BNP Personal Finance, del Grupo BNP Paribas en España (CETELEM). Un proyecto que reúne todo lo que un director de comunicación puede desear. En el futuro esperan retos de gran calado, gente nueva por conocer, equipos que crear, planes que diseñar, éxitos que celebrar, fracasos que superar y, sobre todo, mucho entusiasmo por seguir avanzando en esta profesión nuestra de la comunicación.

Gracias por su confianza a los que debo dejar atrás y también gracias por su confianza a los que serán mis nuevos compañeros.

Estamos muchos indignados… ¿Y?

Manifestación en Madrid. 19 junio 2011

La situación de nuestro país no es una novedad, las carencias de nuestra clase política, la corrupción impropia de un país que se supone democrático, miembro de la UE, etc, etc, está entre nosotros desde hace décadas. En estos momentos simplemente la situación económico-financiera y los índices galopantes de paro hacen que este “debe” nacional sea mucho más obvio y sangrante. Mientras las cosas funcionaban y la gente tenía trabajo parecía tener menos importancia lo injustificable de la gestión de nuestros políticos y la bomba de relojería que teníamos delante y que nadie parecía querer ver mientras los datos estadísticos dieran pie a buenos discursos políticos. Bien, por lo menos ahora parece que hay un sector de la sociedad que ha despertado, aunque creo que tarde. Hemos vivido unas acampadas bajo el sol que han ido degradándose desde su magnífico empuje inicial dando lugar a parecer una caricatura que daba la razón a los que opinaban que eran una panda de “desarrapados”. Incluso los que apoyábamos ese movimiento consideráramos que era hora de centrarse en acciones concretas.

Hoy vivimos una nueva manifestación multitudinaria en Madrid. Miles y miles de personas reclamando una sociedad más justa, lo que muchos llaman una democracia real y otros llamaríamos un simple, y complejo a la vez, llamamiento al sentido común y la dignidad. En este país ha habido manifestaciones anteriores por otros motivos que los gobiernos y partidos políticos de turno han apoyado, e incluso elogiado, aplaudiendo el sentido de la sociedad española. Ahora… ¿Dónde están escuchando y tomando medidas? ¿Es que ahora la sociedad no está demostrando el mismo interés y sensibilidad que en anteriores sucesos?

Lo malo de este movimiento es que ataca los fundamentos del estatus político de España. Me parece perfecto que nos manifestemos una y otra vez, que la gente sea aporreada por la polícia con mayor o menor justificación legal olvidando los motivos últimos por los que los ciudadanos llegan a transgedir esas leyes. ¿Para cuando un discurso de nuestros gobernantes manifestando que entienden lo que está pasando? ¿para cuándo dejar de lado partidismos miopes y egoismos de una necedad insultante?

Nada que hagamos sirve sin un inicio de reformas. Y no hablo de reformas económicas, convenios colectivos, congelaciones de sueldos o recortes presupuestarios. Solamente hay que ver las cuentas de la estructura multi-burocrática española de municipios, diputaciones, autonomías y demás para que a uno se le caiga la cara de vergüenza. Hablo de reformas que cambien la estructura política de este país: Reforma de la ley electoral incluyendo listas abiertas y reforma de la ley de partidos obligando a una transparencia interna en los mismos. Y eso para empezar. Después quizá podríamos meter mano a la gestión de las distintas estructuras institucionales (comunidades autónomas y municipios) o a la justificación de estructuras como las diputaciones provinciales entre otros cientos de cosas. Tenemos trabajo por delante para años. Pero para comenzar a trabajar en este estado de derecho nuestro necesitamos que los partidos políticos presentes en el Congreso y el Senado, sean nacionales o nacionalistas, dejen de atrincherarse en una situación que les favorece y quieran dar ellos el paso necesario, que miren por la ventana a esos miles de personas y quieran escuchar a la sociedad de su país.

Pero mi pregunta inicial era: Estamos muchos indignados… ¿Y? ¿Qué pasa con el resto de la sociedad que mira impasible preocupados lícitamente por su puesto de trabajo y el pago mensual de su hipoteca? ¿Qué pasa con todos los que piensan que en este país no pasa ni ha pasado nada anormal? ¿Qué pasa con los que piensan que es normal que se reelija en unas elecciones a personas que han demostrado su incapacidad o que están imputados en causas de corrupción y siguen presentándose en listas electorales y además ganan? ¿Qué pasa con un país que ve un mapa de corrupción como este y no le hierve la sangre más que a una minoría?

En el Blog Salmón leía el pasado 14 de junio este artículo: España está alta en la lista del Indice de Miseria Se habla en él del Worst Misery Index, en el que ocupamos el cuarto lugar solamente por detrás de países como Venezuela, Sudáfrica o Vietnam. ¿Qué más podemos pedir? Porque la cacareada Grecia está en octavo lugar…

¿Esta manifestación de hoy es el aprovechamiento de una agradable tarde primaveral usando nuestro derecho al pataleo inútil y el lunes a trabajar los afortunados que podemos? o vamos a ponernos finalmente en serio a hacer propuestas, recoger firmas y agotar las vías democráticas de que disponemos para intentar dejar el camino que llevamos desde hace décadas.

Descarada petición de voto para los Premios de Internet 2011

El próximo día 17 de mayo se celebrará una vez más el Día de Internet (Día Mundial de las Telecomunicaciones y Sociedad de la Información). Este evento se impulsa y organiza en España desde la Asociación de Usuarios de Internet (AUI).

Coincidiendo con el evento se entregan los Premios de Internet en distintas modalidades. Los premios se llevan otorgando, si no me falla la memoria, desde 1997. Una de esas modalidades es el premio al mejor comunicador, destinado a aquella persona que mejor haya divulgado sobre temas relacionados con el mundo de Internet. Como se puede leer en su página: ” Comunicador que, durante el año previo a la entrega de los premios, haya contribuido de forma significativa a la difusión de Internet y las nuevas tecnologías.”

Bien, la cuestión es que he sido propuesto para este premio en la convocatoria de este año lo que reconozco supone un honor que agradezco profundamente. En una primera fase hay una votación popular online y después será un jurado el que en último termino defina quién será el galardonado.

Aunque hay otros candidatos que son excelentes profesionales, en estos casos hay que hacer algo de campaña online así que me pongo manos a la obra y abuso de la confianza de los lectores y suscriptores de mi blog. No estoy acostumbrado a actuar con este “descaro” así que espero que me perdonéis y que me votéis 🙂

Para apoyar mi candidatura simplemente hay que votar en el siguiente enlace si, por supuesto, lo consideráis oportuno. Muchas gracias a todos.

¡Cuánto nos queda por aprender!

Desde el 2003 tengo el placer de ser director de comunicación de una asociación patronal, como es ANEI, con 500 empresas asociadas y he perdido la cuenta del número de directivos con los que me he reunido. Antes, al dejar mi etapa como periodista, el número de entrevistas realizadas a directivos del sector TIC superaba las 1500 en la base de datos.

Creo que es muestra suficiente como para hacerme una idea del tipo de ejecutivo que tenemos en nuestro país. Evidentemente hay de todo, pero qué habitual es encontrarse todavía a ese personaje que, al recibir unos galones, se comporta como si todo el mundo le debiera pleitesía (sobre todo si adereza su cargo con algún título máster de “postín”). Y eso me recuerda a esa frase que he escuchado últimamente: “Es más sencillo para un emprendedor en EEUU ser recibido por el CEO de una empresa que para un emprendedor español ser recibido por un mando intermedio”.

¿A qué viene esto? Esta tarde he tenido el ejemplo directo de cómo debe comportarse un alto ejecutivo de una empresa del siglo XXI y cómo debe ser capaz de transmitir la identidad corporativa de su empresa generando la imagen adecuada en sus interlocutores.  Gracias a la amable invitación de Bassat Ogilvy Comunicación he podido charlar sobre comunicación online y social media con Jim Farley, Group vice president, global marketing, sales and service de la Ford Motor Company. Responsable de toda la política 2.0 que ha llevado adelante la empresa.

Independientemente de lo interesante que es escuchar de primera mano cómo una gran empresa azotada por una grave crisis toma la decisión de invertir en medios sociales millones de dólares, qué hace y deja de hacer, sus lúcidas opiniones sobre redes sociales, facebook y sus sistemas de publicidad (que no utiliza) o twitter (que por cierto no es una herramienta que le vuelva loco), ver cómo es capaz de reconocer errores sin ningún pudor malentendido como vemos por nuestras tierras tan a menudo, o preguntar abiertamente sobre temas de Internet en España escuchando cada palabra de las respuestas con la humildad de un alumno. Creo que la mejor lección que he recibido ha sido ver cómo la naturalidad y humanidad en las formas es, sin duda, la mejor manera de representar a una empresa y de transmitir un mensaje. Por mucho que soy consciente de la forma de pensar norteamericana, no deja de sorprenderme la naturalidad, frescura y ausencia de engreimiento de esta gente. Trabajan, saben que están trabajando y lo hacen con la necesaria humildad del que es consciente que nunca se puede dejar de aprender y que ese conocimiento puede provenir de cualquier parte y de cualquier tipo de persona, sea o no sea de su “casta” ejecutiva.

Siento, por desgracia, que nos queda mucho por aprender en este país nuestro de presuntos sabios endiosados y ejecutivos inaccesibles que hacen de su comportamiento la esencia de su supuesto estatus.