No me creo ná de lo que dices, no me creo ná de lo que enseñas

Buscando por la red, encontré la letra de un tema de rap con Dj Yulian que me permito usar en parte para comenzar este texto (vaya por delante mi agradecimiento).

No me creo na’ de lo que dices, no me creo na’ de lo que enseñas. No me creo na’ de lo que escribes,
lo que piensas, lo que sientes, lo que sueñas, de todo lo que vives no me creo na’.

Y es que en nuestra sociedad polarizada en extremo, donde cada comentario es fusilado sin piedad por las hordas del perpétuo pensamiento opuesto, donde detrás de cada esquina está siempre apostado alguien que pone en tela de juicio todo y a todos por deporte (y ojalá fuera por la posesión de un gran sentido crítico), donde pastan a sus anchas las noticias falsas y, no olvidemos, también las falsas noticias (paparruchas y manipulaciones si queremos ser más directos), los medios de comunicación también sufren ese descrédito generalizado de la información.

Hablemos de confianza. España es el país del mundo donde más ha caído la confianza en las instituciones ¿Sorprendidos?

De acuerdo en la nueva edición del Edelman Trust Barometer realizado por la consultora de comunicación Edelman. En un escala de 1 a 100, la confianza de los ciudadanos españoles alcanza los 40 puntos, lo que coloca a nuestro país entre los más desconfiados y, además, desciende siete puntos con respecto a los datos de la última edición del estudio (La media mundial es de 52). Solamente nos superan Rusia y Japón entre los 26 países que han sido analizados. En un año, España ha pasado del puesto 12 al 23.

Y llegamos a la prensa. El estudio le asigna 36 puntos, 8 puntos menos que en 2018 (la media mundial en este caso es de 47). A nivel global, se confía mucho más en la prensa tradicional (65 puntos) que en las redes sociales (43). En un punto intermedio quedan los nativos digitales (55) y los medios propios (49).

E, importante dato, el 73% de los encuestados se muestran preocupados que las fake news se utilicen activamente.

Los que tengan ganas y tiempo, les recomiendo leer el estudio, encontraran información interesante sobre las marcas, las empresas e incluso los gobiernos.

Hay muchos estudios y estamos rodeados siempre de datos, pero paremos y reflexionemos un poco sobre todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Y aquellos que nos dedicamos a la comunicación ¿Qué parte de culpa tenemos de lo que pasa y qué podemos hacer para remediarlo?

No me creo na’ de lo que dices, no me creo na’ de lo que enseñas. No me creo na’ de lo que escribes,
lo que piensas, lo que sientes, lo que sueñas, de todo lo que vives no me creo na’.

 

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Las brújulas han perdido el norte

Hemos perdido el norte. Esa frase hecha me la repetía mucho mi abuelo cuando opinaba de lo que veía y leía sobre la actualidad del momento. Aquel estupendo anciano murió en 1995 con 95 años y una vida apasionante. Y la verdad es que siempre recuerdo sus palabras y más todavía hoy en día porque sinceramente creo que hemos perdido el norte. Pero hemos perdido el norte todos, absolutamente todos. Los políticos que parecen ignorar o despreciar a las hemerotecas y practican como sistema el “Donde dije digo, digo Diego” y, lo peor, es que cuando se lo recriminan, cualquier excusa es buena, lanzan una cortilla de humo sencilla y a otra cosa, mariposa porque no pasa nada. Pero es que también muchos profesionales del periodismo han perdido el norte del respeto por el valor de la verdad usando eso que se llama “libertad de expresión” de la forma más torcitera que se ha visto. Y tampoco pasa nada. Nos preocupan mucho las llamadas noticias falsas o fake news pero, al mismo tiempo, retorcemos la realidad a nuestro interes sin darnos cuenta (o dándonos cuenta perfectamente) que esa falsedad es ya en si misma una fake news. Decimos que respetamos la independencia de los jueces pero estamos constantemente poniendo en tela de juicio lo que hacen o dicen todos ellos en todos los casos que pueden tener un mínimo de repercusión mediática (siempre arrimado el áscua a nuestra sardina por supuesto), decimos amar la democracia y absolutamente todo lo que significa mientras mantenemos parlamentos cerrados por interés partidista, y el que quiera más ejemplos que lea 10 minutos. Pero todos somos muy decentes y honestos menos cuando nos acusamos unos a otros de franquistas, fascistas, rojos o fachas (que ahora está de moda usar esos palabros muy de los años 30 del siglo XX). Constantemente leemos medios de comunicación partidistas que siempre, sople el viento que sople, defienden una corriente de opinión, izquierdas buenas, derechas malas, rojos canallas, azules santos de altar. Y eso no es de ahora, que aquí en esta España nuestra, dividida en mil pequeñas Españas, siempre hemos cojeado del mismo pie. Bien, ahora resulta que leo hoy «la libertad de expresión no lo resiste todo, no lo acoge todo», ahora es necesaria la seguridad en lo que publican los medios de comunicación porque «¿quién paga la mentira? ¿Es de pago la verdad?». ¡Puf!, comenzamos a andar un camino muy peligroso. Además ¿Quién se acaba de caer de un guindo?

La libertad de expresión es una y única, no es interpretable según nos interese. No podemos decir que estas frases: “Dicen que pronto se traspasa la cloaca de Ortega Lara y muchos rumorean que Rubalcaba merece probarla, complejo de zulo mi casa a ver si un día secuestro alguno y le torturo mientras le leo al Argala” o “Para todos aquellos que tienen miedo cuando arrancan su coche, que sepan que cuando revienten sus costillas, brindaremos con champán” son un claro ejemplo de libertad de expresión mientras, al mismo tiempo, se admiten a juicio las blasfemias de Willy Toledo, que no dejando de ser un acto de falta de respeto innecesario hacia personas que creen en cosas distintas, no pienso que en pleno siglo XXI deban estar tipificadas. ¿No existe coherencia al respeto de esa libertad ni tampoco consenso, pero ahora arremetemos contra medios de comunicación por lo que publican o dejan de publicar?

Yo diría que la verdad y la mentira la pagan los mismos que lo han hecho siempre, pero ahora tienen hordas automatizadas que les echan una buena mano para aumentar el ruido. Pero oiga usted, no solamente medios, o algunos medios, sino partidos políticos, países, sindicatos, movimientos ciudadanos y un largo etcétera que a esto se puede jugar fácil y a un coste bastante razonable. Y un periodista debe atenerse a las reglas de su oficio y un medio a las del al suyo. Y si una noticia no es cierta, si no se han verificado las fuentes, si se está manipulando la línea editorial a sabiendas de faltar a la verdad, entonces y que me llamen ingénuo, ni estamos hablando de un periodista, ni de periodismo ni de un medio de comunicación, estamos hablando de manipulación y propaganda como se decía en mis tiempos o de noticias falsas y fake news que se dice ahora y que suena más cool.

Hacedlo, llamadme ingénuo. Hemos perdido el norte y, lo que es mucho peor, hemos perdido la vergüenza.