Con agradecimiento seguimos en la brecha

Cuarenta y seis años, si no me falla la memoria, es lo que lleva presente en nuestra sociedad la Revista Cambio 16. Medio de comunicación protagonista de todos los acontecimientos que han forjado nuestro país en estas décadas y que, a pesar de las circunstancias complejas del sector periodístico, sigue al pie del cañón. Es por eso que es más placentero, si cabe, el recibir de ellos el premio Cambio 16 a la comunicación en este año 2017. Y más aun todavía cuando se está junto a otros premiados de inmensa reputación, como comunicador el Chef Karlos Arguiñano y, como premio periodístico, Antonio García Ferreras. A este último no solamente felicitarle por el premio sino además apoyarle en sus palabras hacia su esposa y compañera de todos los comunicadores, Ana Pastor, que estos momentos sufre, una vez más, ese perverso uso de las redes sociales en términos simplemente inadmisibles.

Pero como dije en la ceremonia, cuando uno recibe un premio lo que toca es sencillamente dar las gracias. En este caso, además de a quién tiene a bien concederlo, también a mi empresa, mi casa, Cetelem, grupo BNP Paribas, por creer en la fuerza de la comunicación y apoyar nuestro trabajo en estos años y, sobre todo y ante todo, a mi equipo. Sin su colaboración y esfuerzo constante no se hubiera logrado todo lo que hemos construido desde 2011. A todos ellos mi más sincero agradecimiento y el premio, porque este premio es para ellos.

Pues nada, listo, ¡a seguir trabajando!

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La Santa Compaña y la leyenda de Avalón

Entre los huesos de santo y los buñuelos que ya tenemos al caer, estamos en vísperas del Día de Todos los Santos. Una buena fecha para reflexionar sobre toda la convulsión que llevamos vivida en este país nuestro sumido en un intento de revolución, ¿revolución?. Bueno, en este siglo XXI de lo políticamente correcto, lo superficial y lo descafeinado, invadido de perfiles falsos en redes sociales, argumentos vacíos, fake news y medios de comunicación nacionales e internacionales que publican lo primero que pueda generar visitas sin dedicarse a eso tan tradicional del oficio que era “verificar las fuentes”. En fin, una manipulación orquestada, una revolución de abogados y consultores que han asesorado el decir sin decir, el afirmar desafirmando y el “pasa tú que a mi me da la risa” no sea que acabemos empapelados y un compañero de celda pida el traslado porque no aguanta nuestra “matraca”. Y en eso hemos terminado, en la cobardía de la risa de una Santa Compaña fantasmal que, en la víspera de los muertos, se pasea por Europa alardeando de la vergüenza ajena que nos hace pasar a todos, de su enajenación y del páramo de ilusiones rotas que deja atrás en una Cataluña desmontada y dividida ideológicamente y plagada de los más aberrantes odios absurdos.

Pero también en las estrategias de comunicación, y de esto ha habido mucho, pero mucho, en todo este proceso, quedan sembradas leyendas de Avalón, aquella isla onírica donde descansa el Rey Arturo. Esa utópica república no realizada y que, por tanto, ya es propiedad del imaginario colectivo que así lo desea y que volverá a tomar forma. Nuestro problema de fondo no ha desaparecido. Ha sido tratado de astracanada sin respeto alguno por parte de aquellos que lo han usado en su propio beneficio y ha sido disimulado por unas próximas elecciones que, si bien nos devuelven a una legalidad indispensable, no solucionan la raíz del problema. Como decía Gustavo Adolfo Becquer, autor que también es lectura muy de estos días, “Volverán las oscuras golondrinas”.

La Metamorfosis del Dircom en los últimos 10 años

Como no puede ser de otra manera, desde estas páginas quisiera agradecer a mi buena amiga y colega, Mónica González Ortín, Country Manager de AxiCom, la invitación que me trasladó para participar en su estudio “La Metamorfosis del Dircom en los últimos 10 años”. Como siempre ha sido un placer echar una mano y un orgullo que me hayan tenido en cuenta dentro del panel de expertos para el desarrollo de este trabajo llevado a cabo como celebración de los diez años de la compañia en España.

Es mucha la información que puede encontrarse en el estudio. Podríamos señalar puntos de interés como:

  • El Director de Comunicación mejora su posición en el organigrama empresarial
  • Cómo ha condicionado la revolución digital el trabajo del Dircom
  • Cuáles son las nuevas habilidades que se le exigen al Director de Comunicación
  • Cómo se relaciona el Dircom con otros departamentos afines de la empresa
  • Cómo han cambiado las relaciones de los Dircom con los periodistas
  • Cómo han cambiado las relaciones entre los Dircom y las agencias de comunicación

El estudio se ha elaborado en colaboración con el medio Top Comunicación y se puede obtener de forma gratuita. Para ello sólo es necesario escribir y solitarlo en la siguiente dirección de correo electrónico: buzon@axicom.com

¡Cuídate de los idus de marzo! … y de los idos de julio

“¡Cuídate de los idus de marzo!”, le decía una vidente a Julio César en el drama de William Shakespeare. Y en este mes de julio (mes que debe su nombre al antes citado Julio César) hemos sido testigos de otro drama protagonizado por un debate sobre la forma del imperativo del verbo “ir”, idos. Sí, ese que todo “quisqui”, o “quisque” (que proviene del latín, ¡venga! un día es un día, y de significado “Cada uno”, “Cada cual”) dice de forma errónea… “iros”.  Bueno, me he quedado a gusto con este inicio pedante.

El drama se plasma en un agrio debate entre los defensores de la pureza de la lengua que recriminan a la Real Academia de la Lengua Española que no cumple su obligación de proteger el castellano, y los que dicen que si la mayoría de los hablantes usan “iros” en vez de “idos” (o “ios”), lo lógico es aceptar la evolución de la lengua aunque se trate de un uso erróneo de la misma. El que quiera documentarse sobre el debate, ahí tiene Google y hay material para entretenerse un buen rato.

La verdad es que si la protección de la lengua la hubiéramos llevado al extremo desde hace milenios, en España. o mejor dicho, en Hispania, seguiríamos hablando latín. No olvidemos que nuestro castellano es la derivación vulgarizada por el pueblo llano de aquella lengua (dejando a un lado otras influencias posteriores gracias a una invasión por aquí y otra por allá). Por lo tanto, si aceptamos que las lenguas son seres vivos que se adaptan a los cambios sociales y culturales con el paso del tiempo, debemos aceptar que nuestro castellano no es el mismo de hace un siglo y no será el mismo tampoco dentro de cien años.

De momento la RAE lo que dice es que lo correcto sigue siéndolo y lo equivocado, mal está. Solamente se acepta un uso sin que aún nadie haya dicho que sea correcto (corríjanme si estoy mal informado). Pero hombre, dirían los puristas, si permitimos abrir puertas a la aceptación del uso de este nuevo imperativo se contagiará a todos los demás y estaremos, por analogía, deteriorando la lengua. Cierto es, pero el debate esta en el término “deteriorar”. Si admitimos este cambio ¿Será una evolución o una degradación?

Aunque la realidad es que la mayoría otorga más peso al uso de la lengua que la minoría. Me llama la atención del uso maniqueo del término “coloquial” enfrentado a “culto”.

¿Es entonces la lengua patrimonio de lo culto o es conducida a través del tiempo por lo coloquial?

La máquina del tiempo se ha calado…

Más de tres años sin escribir en el blog. ¿Motivos? Muchos y variados, acostumbrarme a escribir sin fumar (tres años como exfumador ya son bastantes como para enfrentarme a escribir sin “mono”), un hijo de siete años que reclama tiempo y el placer que se tiene al compartirlo juntos y, por supuesto, mucho trabajo, falta de ocio y, sin duda, la pereza. Pero bueno, aquí ando de vuelta con intención de volver a escribir aunque sea de Pascuas a Ramos…

Y lo primero que hago es leer de nuevo las últimas entradas de este blog. Tocaba temas como Con la marca personal arriba y abajo, un clásico como ¿Deben los directivos de las grandes empresas estar presentes en redes sociales?, los periodistas tertulianos de carnet político entre los dientes… De la información periodística al pseudo comisariado político 2.0 o los “guruses” equivocados, perdón, que ahora se dice “influencers” con El falso caballero andante y su amenazadora cohorte de followers.

¿Y qué es lo que veo?

Pues que han pasado tres largos años plagados de noticias, crisis, elecciones generales repetidas, independentismos de ensoñación, corrupciones de todo calado, referendos y elecciones ganados por quien menos se podía pensar y, curiosamente, todos esos temas siguen siendo de completa actualidad en nuestro pequeño mundo de la comunicación; eso sí, con algún pequeño retoque relacionado con los temas de tendencia. Si ponemos un poco de “transformación digital” (lo del social media y el emprendedurismo está demodé) tenemos la actualización completa. Y la verdad es que no deja de ser sorprendente que después de tres años completos, más de 1095 días, en el fondo, sigamos hablando, poco más o menos, de las mismas cosas. Como se suele decir “Vuelve la mula al trigo“.

Por un lado me ha resultado chocante y, por otro, bastante preocupante, lo poco que ha cambiado el panorama. Espero de ahora en adelante poder tocar temas relacionados con la comunicación corporativa y poder ver si, de verdad, la máquina del tiempo se ha calado…

Con la marca personal arriba y abajo

Últimamente las mañanas de domingo se han vuelto interesantes en Twitter y desarrollan la tendencia de “voyeur” que da esto del microblogging. En ello estaba, leyendo una breve discusión, siempre con buenas maneras, de dos profesionales que aprecio, Miguel del Fresno y Andrés Pérez Ortega, sobre el manido tema de la marca personal. Quizás solamente superado por el ametrallamiento sobre emprendedores, emprender y emprendedurismo (¡qúe fea palabra!) que vivimos en estos tiempos.

Miguel afirma que la marca personal es una “soberana tontería” porque es “reducir una persona a producto de mercado”. Y lo decía en respuesta a este comentario de Andrés: “Es más fácil tener followers diciendo lo que ellos esperan oir (y dejando que definan tu #marcapersonal) que defendiendo ideas propias”.

Bueno, pues la verdad es que personalmente no comparto plenamente ninguna de las dos posturas. La primera es un tanto filosófica y me gustaría que nuestro mundo respondiera a esos parámetros. Desgraciadamente creo que muy habitualmente nuestras acciones están “vendidas al marketing” desde el ámbito profesional al personal, saber gestionar una entrevista de trabajo, tu día a día en una empresa más allá de tus habilidades profesionales o simplemente saber encandilar a otra persona (aquello que llamaban saber ligar). O dicho de otra manera y huyendo de las terminologías modernas, lo que mi abuelo definía como “Saber venderse” (y él fue mucho tiempo representante de cajas registradoras en la postguerra…). Podríamos aderezarlo con otras expresiones como “don de gentes” o “tener amigos en la puerta del infierno”. Una mezcla de dominio de las relaciones públicas y habilidad para el networking que se diría ahora (sin olvidar cierta maña con la oratoria y la manipulación del mensaje).

Internet y todas las herramientas sociales no han cambiado absolutamente nada en lo fundamental, simplemente han creado un altavoz que permite aumentar esas acciones y además permite buscarte y catalogarte  (todo muy marketiniano por cierto). Pero todo madura y, a estas alturas, creo yo que el que base, lo que él denomine “marca personal”, en su número de seguidores, mal favor se hace y ya empieza a insultar la inteligencia de muchos, aunque siga pudiendo vender burras a unos pocos. Pues que aproveche que se le acaba el chollo. Y si cree que puede dejar su imagen en manos de los demás no recuerda una máxima de la comunicación: “si tú no dices lo que eres, otros vendrán a decir lo que no eres”. Pero no olvidemos que vivimos en el mundo de los “narcisos”, enamorados de nuestra propia imagen y, además, en el universo de lo políticamente correcto. Y eso añade un nuevo argumento que se convierte en la cuerda del funambulista. Un mal paso o una mala palabra dicha en el momento y lugar incorrectos… Pero la falsedad, o digamos la hipocresía, tampoco son socialmente nuevos que digamos y, por qué negarlo, son necesarios en cierta dosis en este mundo nuestro.

La realidad ha sido y sigue siendo la misma. Si no hay nada detrás de la máscara, la marca que podamos diseñar artificialmente se terminará dando de bruces con la verdad del fracaso. Y hay una razón solamente, seremos un “bluf”. Si un profesional no tiene experiencia y aporta valor a lo que hace podrá “venderse” pero no ofrecerá resultados, que es la moneda de cambio. Lo mismo pasaba con aquel amigo que ligaba pero no podía mantener ninguna relación cuando la pareja descubría lo que había detrás de aquella sonrisa cautivadora… No podemos ser un producto y generar expectativas en el mercado sin una cierta calidad detrás ¿no?

¿Qué es eso de la marca personal? ¿Es simple notoriedad? ¿Es más, es notabilidad? La notoriedad es pasajera y traicionera, como la fama. La notabilidad es un concepto que me gusta más ya que requiere el comentario positivo y, por ende, es el fruto de algo que se ha visto y entendido como bueno. Pero, profundizando, definitivamente me gusta más el concepto de reputación. Sí, como la de ese médico que con años de buen trabajo se ha labrado un nombre en la profesión, cada día, con cada paciente. Y en este punto podríamos entender la frase de Andrés cuando habla de defender ideas propias y no seguir la corriente de los que los demás quieren oir, aportar valor desde nuestra identidad.

Recuerdo una frase que me encantó “La reputación es la consecuencia de los hechos”. De la misma manera considero que conseguir una marca personal efectiva tiene dos partes. La primera es indispensable: tener fondo, profesionalidad, experiencia, algo que hacer y que decir. La segunda podría ser cómo somos capaces de dar a conocer ese valor y la intención que tenemos con ello. Ahí entraría más el concepto marketiniano de venta. Podemos hacerlo para conseguir trabajo, para alagar el ego, para divulgar nuestros conocimientos por amor al arte o vaya usted a saber. En todo caso el éxito está en la correcta conjunción de ambas partes.

En todo caso este concepto de marca personal, personal branding o como queramos llamarlo, lo que no debe hacer jamás es quitarnos el sueño. Y si lo hace será el primer paso hacia el fracaso.

 

 

¿Deben los directivos de las grandes empresas estar presentes en redes sociales?

Vamos a hacernos de cruces… ¡Dios Santo! En pleno siglo XXI y oyendo hablar de redes sociales hasta en la sopa desde hace años, ahora va y este nos viene con esa pregunta. Bueno, pues antes de sacar conclusiones vamos a darnos un paseo por los datos de algunos estudios nacionales e internacionales al respecto del asunto que nos ayudarán a poner el tema en contexto:

1.- 2013 CEO.com Social CEO Report (Aquí está el informe por si alguien quiere echar un vistazo)

El 68% de los máximos responsables de las empresas del Fortune 500 no tienen ninguna presencia en redes sociales.

Fotune 500 CEOs en redes sociales

Por poner un ejemplo, CEOs con perfil en Twitter hay 28, lo que significa un 5,6%. Como se ve podríamos definir el panorama como desolador ¿o no?

2.- Estudio de Augure que muestra la actividad en redes sociales de los CEO del Nasdaq 100 (Índice bursátil que recoge los 100 valores de las compañías más importantes del sector de la industria tecnológica y de telecomunicaciones en Estados Unidos). El 70% no tiene perfiles en redes sociales. Un 30% usa LinkedIn y solamente un 11% Twitter…

CEO Nasdaq en redes socialesComo se puede ver tampoco es que la proactividad de estos directivos en este entorno sea para echar cohetes aún siendo empresas tecnológicas ¿En casa del herrero cuchillo de palo?

3.- Websa100, agencia de marketing online, ha publicado “Presencia en redes sociales de las empresas del IBEX 35 y sus principales directivos”. En su web se puede leer textualmente:

“Se ha analizado la presencia en redes sociales (LinkedIn y Twitter) de un total de 410 directivos clave de las empresas del Ibex 35 (presidentes, consejeros delegados y comité de dirección) y las conclusiones son claras:  escasa presencia en los nuevos medios sociales y una baja actividad. Solo el 29% de los directivos del Ibex tienen perfil en LinkedIn y únicamente el 4% en Twitter. Parece que a nuestros directivos les cuesta estar en las redes sociales profesionales. El ejemplo de Twitter es revelador: de los 18 directivos con perfil en esta red sólo 3 mantiene su cuenta activa”.

Pues ya hemos terminado ese paseo. La principal conclusión es que nuestros directivos de grandes empresas no se diferencian demasiado de los demás. La escasa presencia de los CEO en redes sociales parece estar generalizada. Pero ¿eso es bueno, es malo, son gente que no entiende el fenómeno del social media y sus beneficios? Si hiciéramos el mismo análisis con respecto a las empresas que dirigen, veríamos que las cifras no se parecen en absoluto sino que son infinítamente mejores y en claro crecimiento. Por lo tanto no se trata tanto de desafección por el canal. ¿Entonces?

Me gustaría que nos hiciéramos la siguiente pregunta ¿Es verdaderamente necesario que un gran directivo tenga esa presencia activa? Tengamos en cuenta que se trata de empresas cotizadas, sujetas a múltiples regulaciones en función del sector con los riesgos que eso conlleva. Pensemos también lo que significa tener esa presencia activa que en estos datos vemos ausente. ¿Les merece la pena, están en condiciones de afrontarlo? Si echamos un ojo a nuestro alrededor vemos casos de políticos en redes sociales, por ejemplo Twitter, que aunque tienen cuenta todos sabemos que es manejada detrás por un equipo supuestamente especializado (falta de tiempo, de interés o simplemente de conocimiento) ¿Es verdaderamente un valor añadido hacerlo de esa forma?¿Aporta credibilidad realmente?

Y si nuestro CEO, por el motivo que sea, se lanza a este asunto y se columpia, es decir, dice alguna incoveniencia en las redes y eso se viraliza dando lugar a polémicas de todo tipo. Casos conocidos ha habido en esta línea incluso en nuestro país ¿Hace un favor con ello a su empresa, imagen y reputación? La respuesta es no.

Para finalizar diré que no veo fundamental que un CEO tenga presencia activa en redes sociales y no me indica que sea mejor o peor directivo. Entiendo perfectamente que crea que no es su misión y que debe centrarse en otros menesteres; me parece bien los que la tienen y se limitan a lanzar mensajes corporativos casi clonados de las salas de prensa de sus empresas (aunque poco aporten con ello) y también entiendo a los que toman parte activa y admiro si lo hacen con criterio y aportando un elemento diferenciador. Alguien podría decir que siempre puede hacerlo de forma individual… con esa famosa frase en la biografía… “estas opiniones son simplemente personales”. Seamos serios, un CEO identificado como tal en una red social, ¿tiene opiniones exclusivamente personales que no afecten a su empresa? Como no sea hablando de deportes y aún así seguro que le buscaban las cosquillas…

Desde mi punto de vista, la presencia de este tipo de personajes en la red no debe ser tomado de forma baladí. Y tampoco podemos menospreciar a aquellos que deciden no hacerlo como tampoco sobrevalorar a los que lo hacen. El motivo es sencillo, no se trata de estar, sino de la forma en que se lleva a cabo; exactamente igual que cuando una empresa decide desembarcar en el canal. Lo lógico es que tenga una planificación y unos objetivos que aporten valor. Por el propio rol que tiene, un CEO debe apoyarse en su departamento de comunicación a la hora de saltar a estos mares. Creo que sería un sensato ejercicio de sentido común. Seguramente estas cifras irán cambiando como también lo van haciendo las empresas. Los cambios culturales y los relevos generacionales harán su trabajo.

De la información periodística al pseudo comisariado político 2.0

Monos aulladoresQue cada cual es libre de expresarse de la manera que quiera no hay la menor duda; aunque siempre me gustaría leer esas opiniones desde la coherencia, el respeto y, ante todo, el sentido común. Por desgracia en este país nuestro esos tres conceptos no abundan tanto como sería de desear… aunque tampoco podemos decir que sea algo que nos haya caracterizado historicamente y menos aún cuando hablamos de periodismo, información, opinión y política. Lo nuestro ha sido siempre más lo tendencioso y hasta sectario llegando al límite del insulto a la inteligencia.

¿Y a este hombre que le ha pasado? No escribe en el blog hace meses y ahora se decuelga con este párrafo lapidario en vez de hablar de comunicación corporativa o de social media y esas cosas… Ante la primera afirmación debo culpar a mi pequeñajo de tres años que demuestra ser un devorador de tiempo y ante eso no hay más que decir. Lo segundo merece que siga escribiendo y me explique más en profundidad.

El periodismo es un trabajo y los medios de comunicación, empresas; por lo que un periodista lo que quiere es trabajar y llevar comida a su mesa y un medio de comunicación dar beneficio y subsistir. Estas obviedades son de todos conocidas pero la larga crisis ha agudizado, a mi entender, los principales defectos de ambos. La sequía financiera, el desierto publicitario, el descenso crónico de lectores y el vía crucis del negocio gracias a la complicada adaptación a las tecnologías de la información, configuran un paisaje digno del infierno de Dante. Lo saben bien miles de periodistas que, por desgracia, han engrosado las cifras del desempleo y la larga lista ya de cabeceras que se han extingido empobreciendo el panorama informativo. Internet, Google, los medios sociales o la desintermediación de la información no vienen sino a aumentar el desconcierto generalizado en el sector. Sin olvidar una supuesta credibilidad que más de uno pone en duda con un buen baúl de argumentos dadas las circunstancias.

Ya estamos acostumbrados a que los unos y los otros se muestren como brazos mediáticos de las ideologías ¿He dicho ideologías? Quería decir partidos políticos, perdón. Hemos pasado muchos años leyendo noticias en periódicos u oyendo emisoras de radio con versiones tan opuestas que daba la impresión de que, o bien alguno no se había informado, o bien ambos simplemente se limitaban a dar la “versión oficial” del bando de turno. ¿Qué decir de las tertulias radiofónicas o televisivas? En función del medio que hubiera tras el programa veíamos pasear glorias de la profesión periodística vomitando opiniones dignas de llevar colgado el carnet del partido de turno o mordido entre los dientes. Que digo yo, que para eso que inviten a políticos directamente y acabamos antes…

Pero oiga, oiga, ¿Está usted insinuando que un periodista no puede opinar y manifestar su opinión en apoyo o crítica a una determinada acción política? Nada más lejos de mi deseo que sea esa la impresión que tenga el lector. Pero como todo en la vida, la coherencia, el respeto y, ante todo, el sentido común, deben imperar, y cuando lo que se oye es ya un ejercicio oratorio retorcido y digno más de un funambulista dialéctico que de un profesional pues… ¿cómo decirlo? “Algo está podrido en el estado de Dinamarca”, que decían en Hamlet. Al menos en mi pueblo, la opinión no es nunca un argumento sólido.

Pero claro, como todo producto tiene su mercado, grande o de nicho, pero mercado al fin y al cabo. Los periódicos desaparecen y se crean medios online que son más baratos y más sociales y donde, para poder vender a nuestro nicho de clientes, pues nos dedicamos a repartir leña sistemáticamente a un partido o a otro, con más argumentos, con menos o si es necesario, rizando el rizo, sin tener ninguno. Bueno sí, siempre está el elemental de la línea editorial: “Está claro que no me gusta tu cara y como a mi lector tampoco, pues leñazo que te crió “.

Si a esto le añadimos que el espíritu crítico del ciudadano medio, seamos realistas, es más bien escaso (esto lo explotan algunas cadenas de televisión con fruición alimentando audiencias con todo tipo de carnaza y pasándose la legislación vigente por el share) pues tenemos la cena servida. Aunque a veces, y siento ser grosero, me parezca la cena de los idiotas.

Y claro, llegamos a eso de las redes sociales y el Twitter que para tanto sirve y en el que se puede leer de todo. Una buena forma de crear una legión de fieles seguidores que reirán las gracias convenientemente a unos y a otros, que trolearan a los “contrarios” con ocurrencias de mejor o peor gusto y dejarán el timeline lleno de auténtico spam que no tiene más valor que el de defender un supuesto espíritu libre que dice hablar lo que otros callan, maquillando de intelectualidad los comentarios, de solidaridad, de igualdad o del motivo que toque o esté de moda en ese momento. Eso sí, demagogia que no falte que sin sal la comida no sabe a nada.

Y digo yo, en esta España del siglo XXI, donde tenemos tanta historia de la que aprender, ¿Es imposible que un periodista tenga una ideología política  y al mismo tiempo que sea capaz de separarla de la información? De verdad que cuando leo Twitter muchas veces veo más comisarios políticos de épocas pretéritas que verdaderos profesionales de la información.

El falso caballero andante y su amenazadora cohorte de followers

Las redes sociales tienen un particular efecto que, aunque siempre ha existido, tienen la particularidad de acrecentar; es el aumento desproporcionado del “ego”. Eso que antes se decía: “Se le ha subido la fama a la cabeza” o también podemos definirlo con aquella frase tan usada en épocas pretéritas: “Usted no sabe con quién está hablando”.

Cuando una persona adquiere cierta relevancia en este mundo efímero de los medios sociales y su cohorte de followers crece en Twitter o sus fans, likes y demás variedades del “egoaumenter”, eso le afecta en función de cómo sea su caracter. En ciertas ocasiones ese poder adquirido gracias al efecto de sus comentarios que, fielmente, transmite su comunidad, se convierte en una especie de droga, una necesidad caballero andante en redes socialesde búsqueda de la notoriedad que alimente al monstruo; es entonces cuando esa persona comienza su transformación.

Se producen distintas mutaciones. La primera es la menos importante aunque siempre delatora. Esa persona que parecía maja y simpática, siempre accesible y que solía, además, pedirte favores, se convierte en inalcanzable e incluso, en ocasiones, te mira por encima del hombro con condescendencia (normal, se ha convertido en un auténtico “influencer” y tú perteneces a la casta de los meros mortales).

El siguiente paso es algo más grave. Esa persona comienza a olvidar de qué se trata este mundo social (que solía defender) y se dedica a ejercer el poder de forma indiscriminada. O sea, olvida aquellas palabras tan importantes: “Un gran poder implica una gran responsabilidad”. Es en estos momentos cuando se convierte en el “Terror de los community managers” y se dedica, por ejemplo, a censurar cualquier error de empresas de todo tipo (eso sí, que tengan presencia en redes sociales para que puedan contestarle y, con ello, aumentar su ego). Esto puede hacerlo de forma más o menos elegante. Apoyándose en una razón, sea esta más o menos importante para montar un show 2.0 o, como ya he visto en varias ocasiones, amenazando claramente a la empresa en cuestión con la que le puede caer reputacionalmente si su cohorte de followers se ponen a retuitear como auténticos sectarios cuando él dé la señal…

Y, finalmente, el tercer paso se produce cuando esa persona, como Don Quijote afectado por la lecturas de libros de caballerías, verdaderamente se cree que ese poder mediático adquirido lo debe dedicar a hacer el bien, a “desfacer entuertos”, y se dedica sistemáticamente a buscar causas de todo tipo y arremeter contra todo lo que considera oportuno, lo sea verdaderamente o no. Una verdadera versión moderna y un tanto retorcida de un caballero andante, y es que él cree realmente que está haciendo un bien, cuando la realidad es que va buscando las cosquillas allá donde puede y lo que sucede, en el fondo, es que se encuentra en una búsqueda permanente para que le recuerden que es alguien “importante y poderoso”. Sí, vale, he sido amable, también se puede decir que se ha convertido en un perfecto imbécil.

Recuerdo gente perder los nervios cuando Klout cambiaba su algoritmo y le bajaba el indicador, cuando no se encontraba entre los elegidos para estar en un ranking que ha inventado vaya usted a saber quién o, también, en aquellas ocasiones que desaparecían seguidores en Twitter y este tipo de gente se volvía loco tuiteando una y otra vez reclamando su secta perdida. Sinceramente creo que perdemos el norte con estos asuntos, les otorgamos una importancia irreal. Lo importante ha sido y será siempre lo mismo. Cuando Twitter desaparezca (si es que ocurre) algunos seguirán con sus vidas y otros, melancólicos, se refugiarán en su viejo blog, buscarán desesperadamente su ego en una nueva red social, o simplemente, serán pasto de ansiolíticos mientras lamentan esa “marca personal” malentendida que han perdido.